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Salud

Medicamentos ilegales y curas ‘milagrosas’ que nos enferman

Gimnasios, herbolarios, centros de dietética y farmacias ‘online’ son los lugares más habituales donde se venden medicamentos sin receta y con posologías sin ningún tipo de control

Ampliar Una mujer consulta la etiqueta de un medicamento
Una mujer consulta la etiqueta de un medicamentoTommaso79 / Shutterstock
  • Carmen Jordá Sanz
  • Universidad Camilo José Cela; Daniel Maeso Miguel
  • Universidad de Oviedo
Publicado el 19/08/2022 a las 10:24
Tomar medicamentos sin receta o adquirir fármacos en centros no autorizados se antoja una fórmula ágil cuando queremos frenar una dolencia o mejorar nuestro rendimiento cuanto antes. Ahora bien, esta prisa puede llevarnos a asumir riesgos desconocidos o infradimensionados, no solo por consumir productos ilegales, sino también por una posología o dosificación inadecuada.
Curarse y no morir en el intento
Empecemos por el principio. Aunque generalmente confiamos en las autoridades médicas a la hora de tomar medicamentos, realmente ¿cuándo y dónde bajamos la guardia?
Gimnasios, herbolarios y centros de dietética son los lugares donde más nos exponemos a este tipo de malas prácticas, que además son delictivas cuando ponen en riesgo la salud de las personas.
Adquirir y vender fármacos de forma ilegal es algo realmente sencillo para cualquier persona mediante servicios de paquetería y de etiquetado realmente baratos y rápidos. Por suerte para la ciudadanía, no es una práctica extendida, aunque sí emergente.
Le hacen más fuerte, pero ¿a qué precio?
En centros deportivos y de ocio aparecen oportunidades para que deportistas aficionados potencien su rendimiento deportivo a través de productos no permitidos por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios.
También es frecuente el uso de medicamentos legales, pero administrados a dosis muy elevadas. Un ejemplo es la nandrolona. Este anabolizante androgénico aumenta la masa muscular y ayuda a tener una mejor tolerancia al ejercicio cuando es utilizado correctamente y bajo supervisión médica. Sin embargo, en grandes dosis genera graves problemas cardiovasculares y endocrinos, como la esterilidad.
A la hora de mejorar el rendimiento sexual, no respetar los canales de compra adecuados puede conllevar un mal estado del fármaco o unas condiciones verdaderamente insalubres y antihigiénicas.
Es de sobra conocido el caso de la viagra: cuando se comercializa de manera ilegal no existen controles de calidad y nadie puede asegurar la cantidad exacta de principio activo que contiene la famosa pastilla azul, haciendo que al tomarla puedan aparecer un sinfin de efectos secundarios. En los últimos años han aumentado considerablemente los casos de hepatotoxicidad relacionados con el consumo ilegal de dicho medicamento.
En algunos herbolarios y farmacias online se ofertan curas milagrosas para la hepatitis, diabetes, artritis o incluso el cáncer. Estos entornos son ideales para aprovecharse de personas que se encuentran en una situación desesperada. Tal es el riesgo de estas recetas prodigiosas que durante la pandemia ocasionada por la covid-19, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios advirtió a la población de los riesgos para la salud del consumo de dióxido de cloro o MMS, el cual fue comercializado por redes sociales para prevenir (sin evidencia científica) la infección por SARS-Cov-2. Este compuesto produce náuseas, vómitos y diarreas graves que pueden llevar a la deshidratación, fallo renal o anemia hemolítica.
La medicina es ciencia y paciencia, no un milagro
La crisis económica impacienta a la ciudadanía, los recortes en sanidad aumentan las esperas y las tendencias sociales como el autocuidado, la búsqueda de mayor bienestar y las modas estéticas de un cuerpo definido como imagen de salud incrementarán estas mañas prácticas en los próximos años.
Ante esta situación, la ciudadanía cuenta con herramientas para mitigar los riesgos.
Conocer los entornos y peligros del consumo de fármacos por canales no autorizados es fundamental para estar alerta cuando la tentación llama a la puerta. No se trata solo de evitar productos ilegales, también de consumir aquellos legales de forma correcta y exclusivamente cuando sea pertinente. La medicina no es un milagro, requiere conocimiento y paciencia por parte de todos. El abuso de medicamentos y los objetivos de rendimiento a corto plazo nos alejan de ese uso responsable.
Debemos exigir una correcta dotación para que las autoridades tanto policiales (unidades especializadas de la Policía Nacional y la Guardia Civil) como sanitarias (la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios) refuercen su papel en los próximos años. Ahora bien, una operación policial lleva meses de duro trabajo en busca de evidencias y análisis farmacológicos, un cambio de etiquetado en un producto no lleva más de 48 horas y la operación tendría que comenzar de nuevo. Por tanto, su papel es realmente limitado y no aborda las causas del problema.
La verdadera exigencia ciudadana debe radicar en una mayor financiación de investigación y salud. Desde la atención primaria con los medicamentos de hoy hasta laboratorios para los medicamentos de mañana. Esto permitiría un servicio sanitario que sea no solo de calidad, como el actual, sino también adecuadamente sustentado por las administraciones públicas que regule, controle y apoye activamente a los centros deportivos y de alimentación donde se producen estas malas prácticas.
También es necesario un entorno científico sólido donde los profesionales puedan desarrollar sus investigaciones de manera rigurosa y también estable, acercando a las personas todos los avances con la mayor rapidez posible y generando un ecosistema de salud y ciencia a la altura del estado del bienestar prometido. No se trata de pedir milagros, se trata de inversión en investigación científica y paciencia ciudadana.
Carmen Jordá Sanz, Directora del Departamento de Criminología y Seguridad, Universidad Camilo José Cela y Daniel Maeso Miguel, Doctorando en biomedicina y oncología molecular, Universidad de Oviedo
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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