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Palabra de peregrino

La avalancha se desata en Sarria

El periodista Sergio García relata los martes en una serie las aventuras y desventuras que vive en cada una de las etapas como peregrino en el Camino de Santiago

La promesa de la ‘compostela’ con apenas 100 kilómetros recorridos convierte el último tramo en una romería y cada cama, en un tesoro
La promesa de la ‘compostela’ con apenas 100 kilómetros recorridos convierte el último tramo en una romería y cada cama, en un tesoro
  • Sergio García
Actualizado el 29/08/2021 a las 18:22
Estoy en una nube. Y no es una figura retórica. Tampoco una alucinación fruto de una noche en vela a causa de los ronquidos agónicos de mi compañero de habitación, un caso agudo de apnea del sueño que hace anidar sentimientos asesinos en mi córtex cerebral. No hay desayuno y al destemple se le suma esa bruma pesada que te empapa sin siquiera darte cuenta. El mundo ya ha echado a rodar: los gallos tocando a diana, las reses cachenas de cuernos enormes mirándonos con indiferencia y las ovejas a lo suyo, triscando sin medida. Qué poco les queda, pienso, mientras admiro sus costillares y piernas torneadas. También los peregrinos, y con ellos una nueva especie que se ha sumado a la caravana, los llamados ‘turigrinos’. Son dignos de estudio y fáciles de reconocer. Vienen para cinco o seis días, a menudo tras contratar el viaje con una agencia y la promesa de una ‘compostela’ para la que bastan 100 kilómetros recorridos. La mayoría no llevan mochila: en Sarria les hemos visto cargarlas directamente en furgonas. También maletas, no se lo pierdan. Lucen impolutos, equipados como si fueran a cazar osos al Yukón; algunos cogidos de la mano y caminando por la derecha, ajenos en algunos tramos a los coches que vienen por detrás.
Cincuenta kilómetros y una canícula de nivel medio han de bastar para abrir una brecha en el matrimonio más consolidado. “Aparta, Jacinto, que me das calor”. El amor y el odio, ya saben, esa delgado línea roja. Una ampolla, un forúnculo... Dios no lo quiera, una uña encarnada. “Te dije que estaríamos mejor con mi madre, en la playa”. “¿Y desde dónde viene usted?”. La respuesta, “desde los Pirineos”, recorre la fila entre admiraciones. Lo siento, estoy divagando.
En A Brea un hito informa de que quedan 100 kilómetros para que esto se acabe. Lo digo con pesar, no se crean; a ver dónde encuentro un lacón como este cuando vuelva a casa. Hablando de comida -otra vez-, en Paradela, una mujer nos abre su hogar con un surtido degustación de huevos de corral, bizcochos, café de puchero y confituras varias. Como pago, un donativo. A ver cómo lo paso en gastos.
Y así, burla burlando, llegamos a Portomarín, colgado sobre el río Miño, resplandeciente con su iglesia de San Nicolao y sus soportales repletos de veladores. Allí encontramos a Alberto, milanés, que carga con una mochila descomunal desde León y empieza a recordar a la torre de Pisa; o a James, profesor de inglés en Madrid cuya barba a lo Ragnar Lodbrok invita a pegar la hebra. Somos como la Comunidad del Anillo; a estas alturas nos conocemos todos.
Nos dirigimos a continuación a Gonzar, donde habíamos reservado habitación para tres y volvemos a rozar la tragedia. No hay ni rastro de ese apunte el día en cuestión, sí al siguiente. Una hora permanecemos allí porfiando, hasta que el dueño desafía las leyes del tiempo y el espacio.
“Os dije que no dormiríais en la calle”, sostiene rotundo mirando a Pilar, que ha llevado el peso de la negociación. El resto pintamos allí lo mismo que un coro de castrati. Podía haber sido peor. A Gerardo le ocurrió haber reservado en el hotel Victoria de Samos, pagar por adelantado y encontrarse una vez allí con que el establecimiento ya no existía. Había cambiado de propietario “y ‘de lo mío’ nunca más se supo”, advierte.
A la mañana siguiente echamos a andar junto a Estela, Rafa y su hijo Iván, de 15 años, que enfila las cuestas como un jabato. Vienen de Enguera, el pueblo de Valencia famoso por las rosquilletas, los pastelillos de boniato y el actor porno Nacho Vidal -bueno, el orden es lo de menos-, de cuyo dormitorio Iván tiene unas vistas privilegiadas. “Chaval, ¿te das cuenta de lo que pagaría mucha gente por estar en tu lugar?”, se me escapa. “Es un chico majo y educado, ni te lo imaginas”, me explica el matrimonio. No lo dudo. Y encima tiene don de lenguas.
Bueno, hace frío y la niebla nos empapa, aunque en el primer bar abierto nos ponen una tortilla de tres huevos que resucita a un muerto. La terraza está a reventar; como viene siendo habitual en estas cuatro semanas y a lo largo de todo el país, solo hay una persona atendiendo y orbita como pollo sin cabeza. Corren malos tiempos para la lírica y peores aún para la hostelería. De vuelta a la faena, el camino se empina, se estrecha y zigzaguea; desfila por aldeas punteadas de cuadras y hórreos, entre macizos de hortensias, aperos de labranza y telarañas que la escarcha ha convertido en joyas efímeras.
No es hasta Palas de Rei, donde tenemos reservada plaza en el albergue, que el cielo se abre y de qué manera. Nos separan 15 kilómetros de Melide, famoso por sus pulperías. Pero si salimos de madrugada, como viene siendo preceptivo, no es plan meterse un homenaje a las nueve de la mañana. Así que improvisamos, anteponiendo el estómago a cualquier otro criterio. Así nos luce el pelo. Es después de comer unos callos y con el sol en todo lo alto cuando decidimos cubrir por la tarde lo que habíamos calendado al día siguiente. Luis declina la invitación, pero Pilar y yo nos lanzamos a tumba abierta, sin más norte que una pulpada acompañada de cachelos y una botella de albariño.
En A Garnacha nos recibe Lucía, con dos pucheros pantagruélicos donde hierven los tentáculos. Dice que ya no les dan la paliza, que tampoco los sumergen tres veces en el agua borboteante; que todo eso cambió desde que los barcos congelan el género en alta mar. Le vemos echar el aceite de oliva, la sal gorda y el pimentón picante con absoluta devoción. ¿Cómo íbamos a pasar de largo? ¿Se imaginan ir a Roma y no ver al Papa?
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