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Palabra de peregrino

Al asalto del Cebrero

El periodista Sergio García relata los martes en una serie las aventuras y desventuras que vive en cada una de las etapas como peregrino en el Camino de Santiago

Al asalto del Cebrero
Dos peregrinos cruzando la etapa gallega del Camino de SantiagoDN
  • Sergio García
Actualizado el 25/08/2021 a las 18:40
El Cebrero es la etapa reina, el yunque que pondrá a prueba nuestra determinación. Por delante, siete kilómetros de pedregal en cuesta para purgar los pecados. Enciendo el MP3 y localizo el tema con el que llevo semanas fantaseando. Nada de Bruce Springsteen, AC/DC o Lady Gaga. No es el momento. En su lugar, ‘Nadal de Luintra’, de los gallegos Berrogüetto, una sinfonía de gaitas y violines, un chute directo al torrente sanguíneo con el que sentirte William Wallace por un par de horas. "Cara Belén camina...". Ante nosotros el muro que separa los Siete Reinos del eterno invierno, Mordor de La Comarca, Matrix de Alicia en el País de las Maravillas. Es la hora.
El asalto al Cebrero empezó realmente dos días antes. Enfilé la salida de Ponferrada con la alborada, una larga recta cosida de rotondas pero sin flechas amarillas que guíen al peregrino. Cada paso que doy es un salto de fe, más teniendo en cuenta el trecho recorrido y las nulas ganas de desandar el camino. Polígonos, barriadas desangeladas, gasolineras donde no para un alma... En Camponaraya sigo sin ver una triste cafetería donde desayunar, pero ocurre algo que a punto está de cambiar el curso del relato. Un cachorro sale a la carretera y a punto está de atropellarlo un camión. No tendrá ni un mes y en cuanto me ve se lanza sobre mí.
Es mestizo, mezcla de rottweiler y pastor alemán. Me lame con la urgencia de los desesperados. Apoyo la mochila en el suelo y sucumbo a la tentación de acariciarlo, de quitarle las briznas de paja que le han dibujado un bigote improvisado. Una hora estamos allí abrazados, mientras los peregrinos pasan. "Mala idea, compañero", me dicen con los ojos sin abrir la boca. Sopeso los pros y los contras: volver a pisar un albergue está casi descartado; además, no creo ni que le haya destetado la madre. "Además, tendrá dueño", me digo sin mucho entusiasmo mientras le acaricio el hocico. El sentido común se impone y pregunto en el pueblo. Desearía con todas mis fuerzas no acertar, pero lo hago. Antes que al dueño veo el agujero por el que se ha colado. Se llama ‘Thor’, me dicen, y "cualquier día la va a armar". Ni me despido siquiera.
Atravieso viñedos de uva mencía y de godello camino de Cacabelos cuando me encuentro a Sergio, maquinista ferroviario, casado dos veces y otras tantas divorciado, tres hijos. "Necesitaba tiempo para mí y pensar sobre lo que me está pasando, quizá incluso para romper con lo que hago y empezar de cero". El Camino no le es extraño: "Ya vine hace años, el tramo entre Sarria y Santiago, pero se me hizo corto y prometí volver". Tiene los pies destrozados y le adelantan todos, pero no da un paso atrás. Se ve que no es de los que deja las cosas a medias.
Nos detenemos en Villafranca del Bierzo, donde hemos reservado cuatro camas a sabiendas de que en Cebreiro lo más probable es que nos toque dormir al raso. Y eso contando con que no llueva, porque de la escarcha no nos libra nadie. Así empieza el reúma. Fortalecemos las defensas con lo que hay a mano: un codillo de cerdo, unas carrilleras, ensalada de perdiz escabechada... Callos no quedan. Si es que lo tenemos todo en contra, oiga.
El paisaje no tiene nada que ver con lo que veíamos hace apenas dos días. Montañas de un verde jugoso, ríos de agua helada que cascabelea entre guijarros y más viñedos que en Falcon Crest. Iker y Paulo son de Zumaia, tierra de txakoli, y avanzan sin prisa pero sin pausa, seguidos por sombras que dibujan un relato épico.
AL FINAL DE TÚNEL
Cuando abandonamos Villafranca lo hacemos por el puente que cruza el río Burbia y enseguida entramos en una sucesión de sendas que avanzan entre autovías y carreteras nacionales, bajo viaductos de hormigón que contrastan con la espesura del lugar y el curso del río Valcarce. Galicia está a un tiro de piedra: puede que no hayamos llegado al final del túnel, pero desde aquí se ve la luz. Al menos eso es lo que nos repetimos hasta que alcanzamos Herrerías y vemos las empinadas rampas del Cebrero. Así, cara a cara. La carretera se divide en dos: por un lado, los ciclistas; por otro, los caminantes, que se introducen bajo un dosel de ramas y muretes envueltos en un musgo tierno.
Rincones umbríos, jirones de niebla que se deslizan sobre la ladera del monte y árboles centenarios de los que cuelgan guedejas de líquenes y lianas, como el bosque animado de los Ents. Veinte minutos después empieza a faltar el resuello. Los 9 kilos de la mochila, los más de 600 kilómetros ya recorridos, la falta de sueño acumulado... Hasta el más nimio detalle cobra ahora toda su relevancia. Pilar abre una brecha en la marcha y es engullida por la vegetación. En plena subida surgen pueblos como La Faba o La Laguna, donde una cinta de hormigón es el único nexo con el exterior. Las ‘vaques’, algún potro, ruidosas gallinas... todos campan a sus anchas en vastas praderías o colonizando casas que son una pura ruina. Media España cuelga el cartel de ‘Se vende’.
Al cabo de dos horas de ascensión, un monolito señala la entrada en Galicia. El aire, más frío que en el llano, hace daño en los pulmones. O Cebreiro está a reventar: en la iglesia ofician dos funerales al mismo tiempo, los restaurantes despachan pulpo y godello como si no hubiera un mañana y el albergue municipal -que solo puede ofertar un tercio de su centenar de plazas- se llena en minutos, dejándonos al resto compuestos y sin novio. Empezamos a mirar con otros ojos los árboles frondosos, los rincones de la iglesia que están al socaire, hasta el cementerio, donde no molestamos a nadie. Hay malestar entre los peregrinos: no se esperaba un 3 estrellas, pero un hueco en la casa de Dios, una carpa improvisada, unos módulos prefabricados... Si esto ocurre en un Xacobeo flojo, ¿qué no pasará en condiciones normales?
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