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Recetas

La rebelión de las verduleras

En 1885 las vendedoras se manifestaron contra la declaración de epidemia de cólera en Madrid por considerarla contraria a sus intereses

Mercado de verduras en la plaza del Torico, en Teruel, en 1909. marqués de santa maría del villa
Mercado de verduras en la plaza del Torico, en Teruel, en 1909. marqués de santa maría del villa
  • Ana Vega Pérez de Arlucea
Actualizada 08/02/2021 a las 22:33

Martes, 16 de junio de 1885. 'La Gaceta de Madrid', que entonces cumplía el papel que ahora reservamos para el BOE, publica una real orden firmada por el ministro de Gobernación Francisco Romero. Dirigida al rey Alfonso XII y, de paso, a toda la población del país, declara que es «un hecho cierto y oficial la aparición del cólera morbo asiático en las provincias de Valencia, Castellón, Murcia y en la capital del reino». Habemus epidemia y también un lío morrocotudo.
En realidad la 'peste del Ganges' había llegado a España siete meses antes, a bordo de un barco procedente de Marsella. Tal y como explica el historiador Luis Díaz Simón en 'El cólera de 1885 en Madrid: catástrofe sanitaria y conflicto social', la enfermedad se propagó poco a poco hacia el interior del país desde el puerto de Alicante. Durante la primavera de aquel año 1885 los contagiados a nivel nacional llegaron a ser más de 300.000 y los fallecidos por su causa, unos 120.000.
Si nosotros estamos hoy desgraciadamente acostumbrados a hablar de datos epidemiológicos, incidencias acumuladas y muertos oficiales, piensen por un momento en el horror que debía provocar hace 136 años una plaga con una tasa de mortalidad brutal (moría uno de cada tres infectados) sumada al desconocimiento y a las pobres condiciones de higiene imperantes.


El miedo al cólera estaba totalmente justificado. Desde 1833 había arrasado España en tres ocasiones y hasta 1884 -poco antes de los hechos que hoy nos ocupan- no se había constatado su etiología bacteriana. La microbiología y la bacteriología daban sus primeros pasos de la mano de Pasteur y Koch, pero las nociones de infección, bacilo o contaminación no estaban aún al alcance de todos, de modo que las medidas impuestas por el Gobierno para impedir la difusión del cólera eran un poquillo arbitrarias.


Medio siglo después de la primera epidemia colérica los españoles aún mezclaban pavor, superstición e ignorancia en su modo de enfrentarse a esta enfermedad. La peste azul, así llamada por la cianosis o coloración azulada que provocaba en la piel, se manifestaba tan bruscamente que los «invadidos» o «atacados» podían fallecer en cuestión de horas desde la aparición de los síntomas. Normal que la población viviera atemorizada y atenta a la más leve sospecha de que el cólera volvía a la carga.


Descontento en el mercado
Ahora sabemos que esta afección se contrae por consumir agua o alimentos contaminados con la bacteria 'Vibrio cholerae' y que se puede controlar mediante el tratamiento de las aguas residuales, la potabilización del agua y unas mínimas medidas de higiene. En 1885 esto no era fácil de conseguir y menos en entornos urbanos en los que camparan a sus anchas el hacinamiento, la pobreza y la insalubridad.


Así pues, admitir la existencia de una epidemia de cólera en una población equivalía a un sálvese quien pueda en el que, efectivamente, todo aquel que podía ponía pies en polvorosa. Se pueden imaginar ustedes la que se montó cuando el ministro Romero declaró que el morbo asiático se había instalado en Madrid: los comerciantes sabían que a semejante afirmación le sucederían automáticamente la huida de los ricos, la reclusión o autoconfinamiento de las clases medias y una drástica disminución de la actividad económica y social. Ay, cuánto nos suena todo esto.


Los empresarios madrileños comenzaron una dura campaña de protesta contra el ministro, 'La Gaceta' y su inesperada real orden. Aún existía la posibilidad de que los cuadros sospechosos correspondieran en realidad a otras enfermedades, y además es cierto que fuera del distrito de La Latina no había habido más de un puñado de casos.
El periódico 'El siglo futuro' calificó la ocurrencia de Robledo de «terrorismo epidémico» y «atentado contra el sosiego y la prosperidad». Hubo quien habló de irresponsabilidad institucional o de «insensatez que acarrearía las más tristes consecuencias y la protesta general del comercio y la industria».


El descontento no se hizo esperar. Al día siguiente el tema llegó al Senado con enérgicos reproches al presidente Sagasta, el Círculo de la Unión Mercantil convocó un cierre general de comercios para el 20 de junio y los vecinos se amotinaron contra la fumigación de las calles al grito de «queremos pan y no polvos».


Entonces la temperatura de las ciudades se tomaba en los mercados de abastos. Y en ellos quienes mandaban eran las mujeres y especialmente las verduleras, que formaban un grupo con conciencia propia e histórica legitimidad para lanzar protestas. Habían sido promotoras ya de varios motines y el cólera les tocaba de cerca, porque lo primero que prohibían las autoridades sanitarias era comer frutas y verduras crudas.
El 19 de junio las verduleras del mercado de la Cebada compraron un gran paño negro, se hicieron crespones de luto y con el resto hicieron una bandera en la que podía leerse 'Espárragos, lechugas y alcachofas contra el cólera'. Así se manifestaron por la calle de Toledo, enfrentándose a la Policía y lanzando lechugas a las autoridades. «¡No hay cólera, hay hambre!», decían. El levantamiento de las verduleras se saldó con 18 detenidos, varios heridos y muchas hortalizas estropeadas. Los tumultos siguieron, los precios de los alimentos subieron y las vendedoras se llegaron a encerrar dentro del mercado de San Ildefonso para evitar su desinfección en horario de venta al público. Qué difícil ha sido siempre encontrar el equilibrio entre salvar vidas y puestos de trabajo.

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