Historias familiares
Una lágrima en la arena


Actualizado el 25/04/2022 a las 08:19
Es domingo por la tarde, llueve y escucho el tañido de las campanas de la parroquia que llaman, insistentes, a misa de siete. Segundo domingo de Pascua y día grande para los ortodoxos. Una fecha marcada en rojo en su calendario y una jornada especial en la que, por fin, vuelven a comer carne, pescado, huevos y leche tras su ayuno de la cuaresma. Miro al otro lado del cristal y casi nadie pasea por la calle. ¡Normal! Lo que apetece es tumbarse a la orilla de la chimenea, como decía Sabina, a esperar que suba la marea. No importa que estemos casi rozando mayo. El invierno, perezoso, se resiste a abandonarnos. Y mientras observo a una madre con rostro aburrido y cansado, empujando la silleta de su bebé cubierta con una burbuja de plástico para protegerlo de la lluvia, me apiado de ella y me recuerdo a mí misma hace unos años dando la vuelta a la manzana aunque cayeran chuzos de punta. En mi olla exprés, aún a más presión a estas alturas de la semana, los pensamientos borbotean en ebullición. Me acuerdo de los ucranianos de aquí y de allí. Porque la guerra no cesa. Y, en cómo las bombas, los muertos y los edificios en ruinas no les impiden celebrar su Pascua ni cocinar durante días platos caseros para agasajar a familiares y amigos. Así que aparto de un manotazo la melancolía de los domingos por la tarde y me quedo con los mensajes de Fito, que aún escucho en mis oídos, por la alegría de vivir un concierto como los de antes. ¡Que me quiten lo ‘bailao’! En sentido literal. Porque es urgente vivir y exprimir oportunidades. “Que la vida se nos va / como el humo de ese tren / como un beso en un portal / antes de que cuente diez”.
Hacía tiempo que no iba a un concierto y más aún que no cantaba ni bailaba como cuando iba al instituto. ¿Que hace años que no lo experimentas? ¡Pues a qué esperas! Ve al próximo que haya y, te aseguro, te ahorrarás la psicoterapia en una temporada. Aunque si lo tuyo es la música clásica, también es otra opción. Pero ahí no bailes. Aunque seguro que la melodías de los grandes compositores también te llevan a otros mundos placenteros. Porque de lo que se trata es de huir, de evadirse, de escapar de los problemas cotidianos. De la bronca con tu jefe, la pelea con tu pareja, las contestaciones de tu hijo adolescente o la llorera del pequeño porque has metido su abrigo a la lavadora con el taco de cromos de fútbol ‘repes’ en el bolsillo.
Me encanta reflexionar sobre las letras de las canciones. Y opino que la música nos enseña más filosofía que la lectura del ‘Mito de la caverna’ de Platón o ‘Más allá del bien y del mal’ de Nietzsche y nos aproxima a las metáforas desde un ángulo más cercano que una clase de Literatura. Vaya dicho con todos mis respetos a los docentes de estas materias. Pero volvamos a Fito. A esos versos que tanta falta nos hacen cuando sufrimos por el qué dirán. “A coger el cielo con las manos / a reír y a llorar lo que te canto / a coser mi alma rota / a perder el miedo / a quedar como un idiota”.
Pero, sin duda, mi favorita es esa en la que un “soldadito marinero” conoce a una sirena “de esas que dicen te quiero / si ven la cartera llena”. Fito tiene la habilidad de los grandes narradores que, con solo una imagen, son capaces de inventarse un personaje y construir una historia. La de ese hombre, que imaginamos mayor, un anciano, porque fue niño durante la Guerra Civil, y que “camina despacito / que las prisas no son buenas”. Y, ¡ay qué ternura me da imaginármelo con la chaqueta dobladita con cuidado en el brazo! Me recuerda a mis abuelos y me dan ganas de llorar. ¡Pues sí que estoy llorona hoy! Sigo pensando en aquel hombre, que pudo haber sido cualquier de los que ya no están. Que recorrió una vida dura. Quizá de ida y vuelta por los mares. Y que no tuvo suerte. “Después de un invierno malo / una mala primavera”. Sí, sí, como la nuestra. De estas que no dan tregua y que no nos permiten abandonar el paraguas. Me asomo a la ventana de nuevo y por ahí sigue la mujer de la silleta. Ya va por la segunda o tercera vuelta. Vete a saber. “Dime por qué estás buscando / una lágrima en la arena”. ¡Dímelo! ¿Por qué la buscas? ¿No te das cuenta de que hay situaciones que no tienen remedio y de que el tiempo perdido no volverá? Así que, no nos empeñemos en buscar esas lágrimas que se diluyen en la playa. Otra vez tañen las campanas llamando a misa. ¿Ya ha pasado una hora? Bueno. De este mejunje de pensamientos a borbotones, me quedo con el tesón de los ucranianos ortodoxos refugiados y de la celebración de su Pascua. Repito. Vivir es urgente y mañana... ¿Quién sabe? Que la vida se nos va. Y no hace falta ni contar hasta diez.


‘Corriendo por la playa’
Durante el verano de 1908, el pintor valenciano Joaquín Sorolla se instaló en la playa junto a su familia y creó algunas de sus escenas más famosas, de pie y frente a su caballete junto a la orilla. Protagonizadas por niños, jóvenes o mujeres, estas imágenes reflejan la alegría y la luz del Mediterráneo. Como este óleo sobre lienzo que tituló ‘Corriendo por la playa’ y en el que un niño desnudo y dos niñas con vaporosos vestidos blancos parecen volar sobre el agua y la arena. La obra se puede contemplar ahora en el Museo de Bellas Artes de Oviedo (Asturias). Desde luego, estos pequeño no parecen estar vertiendo lágrimas en la arena. O de ser así, solo de risa y felicidad.