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Tilos para detectar la polución

Dos investigadores del Instituto Navarro de Agrobiotecnología han visto la correlación entre el tráfico y la contaminación del aire con un método poco habitual: los metales pesados que se quedan en las hojas de los árboles

David Soba e Iker Aranjuelo, fotografiados junto a una rotonda cercana al Instituto de Agrobiotecnología, en Mutilva.
David Soba e Iker Aranjuelo, fotografiados junto a una rotonda cercana al Instituto de Agrobiotecnología, en Mutilva.
Actualizada 30/12/2020 a las 06:00

Que el tráfico rodado está relacionado con la polución atmosférica no sorprende a nadie. Se trata de un hecho que se conoce desde hace tiempo y las ciudades con la circulación más densa acostumbran a ser las de peor calidad de aire. Lo que sí resulta más novedoso es el trabajo en el que se han embarcado dos investigadores del Instituto de Agrobiotecnología de Navarra, Iker Aranjuelo Michelena, y David Soba Hidalgo, que han utilizado para medir la polución las hojas de los árboles y que en vez de medir la bondad de ese aire con los indicadores más habituales, como son la concentración de dióxido de carbono o la presencia de óxidos de nitrógeno o de azufre, han buscado la presencia de metales pesados, como pueden ser el plomo, el níquel, el cromo, el mercurio, el cadmio....

A los investigadores no les duelen prendas a la hora de alertar del riesgo que pueden tener esos elementos para el cuerpo, que se acumulan bien por lo que llaman biomagnificación (el caso del mercurio en el pescado puede ser un ejemplo de un metal que pasa de un animal a otro hasta llegar en última instancia al hombre que se alimenta del pez más grande) o de la bioacumulación, los contaminantes que se van quedando en nuestro cuerpo conforme pasa el tiempo y que bien puede ser el caso de una persona que viva en una avenida de tráfico denso.

Para advertir de lo grave que puede resultar la polución, Aranjuelo tira de un caso ocurrido en 1952 en Londres, un año de mucho frío. Se utilizó tanto la calefacción que el aire se llenó de hollín y monóxido de carbono y a la postre murieron miles de personas por problemas respiratorios. O lo que ocurría con el plomo, que durante décadas fue un componente habitual de la gasolina, hasta que se prohibió, y que en esa época iba acumulándose en la sangre de los peatones. El plomo es una sustancia que pude causar daños tan diversos como infertilidad, trastornos nerviosos y hasta cáncer. Por su parte, las partículas en suspensión en el aire también se han asociado a una mayor prevalencia de arritmias cardiacas. De hecho, China, el país con el aire más contaminado del mundo, es también el que registra mayor mortalidad relacionada con esas partículas en suspensión. “Cuando se habla de la necesidad de reducir el tráfico y el uso del coche, para que la gente tome conciencia, debe tener una información clara de qué acarrea la polución”, razona Iker Aranjuelo. “Para una persona que viva junto a una avenida con mucho tránsito, años de contaminación pueden suponer consecuencias importantes en su salud”.

 

PAMPLONA Y ZIZUR

Aranjuelo y Duba probaron su trabajo en una situación única, la del confinamiento, cuando el tráfico rodado se redujo de manera drástica. “Eso tuvo su impacto en la calidad del aire”, señalan los investigadores que siguen afinando los resultados que obtuvieron en Pamplona, sobre todo en la avenida del Ejército, pero también en una localidad con menos tráfico como Zizur Mayor. Sus mediciones las complementaron con otras de localidades del País Vasco, como Bilbao, San Sebastián o Muskiz. “Se ve claramente una correlación entre polución y número de habitantes: Bilbao da la más alta, Pamplona y San Sebastián vienen después, y los niveles más bajos están en Zizur y Muskiz. Nos gustaría contactar ahora con los ayuntamientos para ver si tienen registros de densidad de tráfico, dejar claro que los metales obtenidos en esas muestras vienen de los coches, y descartar cualquier otro motivo, como industrias o algo parecido”.

Lo que sí tienen claro es que con el descenso de la movilidad generado en la cuarentena, la presencia de compuestos en las hojas del tilo, como era el caso del aluminio, descendió. Cuando el tráfico se recuperó, volvió a subir.

 

LAS VENTAJAS DEL TILO

Los niveles de contaminación se controlan habitualmente a través de las estaciones meteorológicas, que además de datos como la temperatura, la lluvia o la velocidad del viento, miden también otros parámetros como la presencia de esos óxidos de nitrógeno o del monóxido de carbono. Tienen la ventaja además de que esas mediciones las pueden hacer cada poco tiempo, por lo que se puede seguir su evolución con facilidad. El inconveniente es geográfico. En Pamplona, por ejemplo, hay tres de estas estaciones, en Iturrama, la Chantrea y la avenida de Zaragoza. “Eso no permite representar todas las zonas de la ciudad”, señalan los dos investigadores.

Ahí es donde entra el análisis de las plantas. Si se puede medir la contaminación a través de árboles que estén distribuidos por amplias zonas de la ciudad, se puede crear una red de detección de contaminantes por distintos barrios y calles. Y una de esas plantas tan extendidas ese el tilo. “Es un árbol que crece bien en la ciudad. En las ciudades del norte es común, en Madrid y Barcelona también”, indica Aranjuelo, científico adscrito al CSIC, que también ha trabajado entre otras cosas sobre tecnologías como sensores y drones aplicadas a la agricultura. “Con los tilos lo que hacemos es tomar al mes muestras de hojas una o dos veces, y llevarlas al laboratorio. Se secan, se pulverizan y se analiza la composición mineral. Ahí se puede ver la presencia de los metales pesados”.

Esa detección de los contaminantes en árboles, dicen, puede ser “complementaria de la que llevan a cabo las estaciones. Con los tilos medimos metales, con las estaciones gases. Los árboles no permiten distinguir datos horarios, pero son análisis baratos y cada planta tiene muchas hojas”. “Los tilos nos permiten además diferenciar claramente entre la contaminación aérea y la del suelo, que es algo que no se puede hacer con las estaciones”, añade David Soba, un ingeniero agrónomo de 30 años, nacido en Logroño, que desarrolla en el Instituto de Agrobiotecnología de Mutilva su doctorados sobre cambio climático y cultivos.

Por el momento, Aranjuelo y Soba siguen tomando muestras y tienen la idea de expandir su radio de acción. “Se pueden añadir puntos como las condiciones climáticas o la estacionalidad”, dice Aranjuelo, que señala que intentarán buscar financiación para consolidar este tipo de investigación. “Me gusta también otra idea, un estudio que se ha hecho en otras zonas: distribuir plantas entre la población, que la gente tenga una maceta en su ventana, en diferentes zonas, y que puedan analizarlas. Cuantos más puntos de muestra, mejor caracterizados tendrás los datos”.

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