Observar el eclipse sin protección adecuada puede causar daños irreversibles en los ojos: por qué no vale cualquier gafa
Una investigadora de la UCM advierte de que durante un eclipse de Sol la "guardia baja" y el ojo está "más abierto y más expuesto"


Publicado el 18/07/2026 a las 12:03
El próximo 12 de agosto España vivirá un eclipse total de sol que se podrá observar al atardecer y que, sin utilizar la protección adecuada, puede causar daños irreversibles en los ojos.
En este contexto, Elena Salobrar, profesora del Departamento de Inmunología, Oftalmología y ORL e investigadora del Instituto de Investigaciones Oftalmológicas Ramón Castroviejo de la Universidad Complutense de Madrid, explica que el ojo humano es "un instrumento óptico extraordinario, capaz de adaptarse a condiciones de luz muy diferentes, desde la penumbra de una noche cerrada, hasta el mediodía de verano". Sin embargo, hay una fuente lumínica para la que no fue diseñado: mirar directamente al Sol.
"La razón está en nuestra propia anatomía. Nuestro sistema de lentes del ojo, formado por la córnea y el cristalino, está diseñado para enfocar la imagen en la retina actuando como una lupa natural. Cuando dirigimos la mirada al Sol, se concentra toda la energía luminosa y térmica en un punto minúsculo de la retina, la zona llamada fóvea, que es precisamente donde nuestra visión es más nítida. El resultado es devastadoramente simple: una quemadura irreversible localizada en el tejido más precioso de nuestro sistema visual", avisa.
Lo que agrava el peligro es que la retina carece de receptores del dolor, por lo que no hay aviso, no hay ardor o dolor. La persona puede estar dañándose la retina de forma irreversible sin sentir absolutamente nada en el momento.
En condiciones normales, la investigadora recuerda que mirar al Sol directamente resulta "insoportable" en fracciones de segundo: el deslumbramiento, el reflejo de apartar la vista y la constricción de la pupila actúan como mecanismos de defensa.
Pero durante un eclipse parcial o los instantes previos y posteriores a la totalidad, ocurre algo paradójico, ya que "la reducción de la luz ambiental engaña al cerebro". La escena se oscurece, la pupila se dilata buscando más luz, y la persona siente que "puede" mirar sin molestias.
Sin embargo, la radiación que sigue llegando, especialmente aquella que no es visible pero que es tremendamente nociva, la ultravioleta y la infrarroja, no disminuye en la misma proporción que la luz visible. "El ojo está ahora más abierto y más expuesto, justo cuando la guardia baja", advierte la experta.
El nombre de este fenómeno es retinopatía solar, y su mecanismo es doble. Por un lado, la radiación ultravioleta genera radicales libres que dañan las células fotorreceptoras (conos y bastones). Por otro, la energía infrarroja produce un efecto térmico directo, literalmente cocinando el tejido retiniano a nivel microscópico.
Los síntomas de la retinopatía solar no siempre son inmediatos. Pueden aparecer horas después de la exposición, lo que lleva a muchos afectados a no relacionar la causa con el efecto.
Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran la visión borrosa o distorsionada, especialmente en el centro del campo visual; escotoma central: una mancha oscura o gris permanente justo en el punto de mayor agudeza visual; metamorfopsia: percepción distorsionada de las formas, como si las líneas rectas se curvaran; y sensibilidad aumentada a la luz (fotofobia) y dolor de cabeza.
"En los casos leves, parte del daño puede recuperarse con el tiempo, ya que algunas células fotorreceptoras tienen cierta capacidad de regeneración. Pero en exposicioness prolongadas o repetidas, las lesiones son permanentes. No existe tratamiento quirúrgico ni farmacológico que repare una fóvea quemada. La medicina, aquí, solo puede observar", puntualiza Salobrar.
LAS GAFAS DE SOL NORMALES NO SIRVEN COMO PROTECCIÓN
Para observar el eclipse de sol no sirven las gafas de sol normales. La protección existe, es accesible y es eficaz, pero debe cumplir unos requisitos muy específicos.
La investigadora comenta al respecto que el error más común es confundir gafas "oscuras" con gafas "seguras". Las gafas de sol convencionales, incluso las más oscuras, bloquean apenas entre el 70 y el 90 % de la luz visible, pero dejan pasar gran parte de la radiación ultravioleta e infrarroja casi sin filtrar.
"Son, en este contexto, inútiles y peligrosas. Es por ello por lo que nunca se deben usar gafas de sol para ver un eclipse", asevera la profesora de la UCM.
Las gafas de eclipse homologadas deben cumplir la norma internacional ISO 12312-2, que establece que la transmitancia -cantidad de luz que atraviesa un material- no puede superar el 0,0032 %. Bloquean más de 100.000 veces más luz que unas gafas de sol normales.
Están fabricadas con un filtro de polímero negro o con láminas de Mylar metalizado que absorben y reflejan por igual la radiación visible, ultravioleta e infrarroja.
¿CÓMO RECONOCER LAS GAFAS DE ECLIPSE HOMOLOGADAS?
El sello ISO 12312-2 debe aparecer impreso en las varillas. Como truco, a través de ellas, solo debería ser visible el disco solar, nada más: ninguna lámpara encendida, ninguna ventana iluminada. Si se ve cualquier otra fuente de luz, el filtro no es suficiente.
Otras opciones válidas para la observación directa incluyen los filtros solares para telescopios y binoculares, que deben colocarse siempre en el objetivo, nunca en el ocular, y la clásica proyección indirecta con una caja estenopeica, que permite ver la imagen del Sol proyectada sobre una superficie sin exponer los ojos en ningún momento.
"Nos puede servir desde una espumadera de la cocina o un colador hasta cruzar los dedos dejando agujeros pequeños entre ellos o el clásico agujero en una hoja con la mina de un lápiz. En resumen, un agujerito pequeñito por el que pueda pasar la luz", puntualiza Salobar.
Existe un instante, "breve y mágico", en que las gafas pueden retirarse sin riesgo: durante la fase de totalidad de un eclipse total de Sol, cuando el disco lunar cubre completamente al solar.
En ese momento, la corona solar, esa atmósfera exterior tenue y luminosa que normalmente es invisible, se despliega en el cielo como un halo plateado. "Es uno de los espectáculos más impresionantes que ofrece la naturaleza y puede observarse a ojo desnudo", afirma la investigadora.
Sin embargo, la ventana es estrecha y exige atención: en cuanto el primer destello del Sol reaparece por el borde de la Luna, hay que volver a ponerse las gafas de inmediato, ya que "ese instante bastaría para provocar daño".
"Los antiguos, a su manera, ya entendían que el Sol merecía una deferencia especial. Nosotros sabemos hoy por qué: porque nuestra retina es delicada, porque nuestro ojo actúa como una lupa y porque el dolor llega demasiado tarde cuando ya no hay nada que hacer. Un eclipse es una oportunidad única para contemplar el cosmos con nuevos ojos. La condición es, precisamente, conservarlos para seguir disfrutando de él", concluye la investigadora.
En la misma línea, el director de la unidad de Retina y Vítreo del Instituto Oftalmológico Fernández-Vega, Álvaro Fernández-Vega, incide en que, aunque observar este evento "es una experiencia memorable, mirar directamente al Sol sin la protección adecuada puede causar daños graves y permanentes en los ojos".
El peligro de mirar directamente al Sol está en que su luz puede dañar la retina. Dentro de la retina existe una zona especialmente sensible llamada fóvea, responsable de la visión más precisa: gracias a ella podemos leer, distinguir detalles pequeños o percibir correctamente los colores.
"Esta área concentra una gran cantidad de células fotorreceptoras, las encargadas de transformar la luz en señales visuales. Por eso, cualquier lesión en la fóvea puede provocar una pérdida de la visión central importante o, en algunos casos, irreversible", advierte Fernández-Vega.