Isaac Asimov, el fundador del Imperio galáctico
El prolífico autor de divulgación y ciencia ficción, creador de las tres leyes de la robótica, hizo de su apellido un sinónimo del futuro


Actualizado el 29/12/2019 a las 06:00
El primer Imperio galáctico le hizo más rico y famoso de lo que jamás pudo imaginar. En agosto de 1941, Isaac Asimov (1920-1992) daba sus primeros pasos en el mundo de la ciencia ficción cuando propuso a John W. Campbell, director de la revista 'Astounding Science Fiction', escribir un relato sobre la caída de un Imperio galáctico basándose en la del Imperio romano narrada por el historiador inglés Edward Gibbon. A Campbell, figura clave de la edad dorada del género, le encantó la idea. El joven escritor pensaba en una novela corta; el editor lo veía más como una serie. Y eso acabó siendo, un serial, el de la Fundación, que nació seis meses después en las páginas de 'Astounding' y acabó en 1993, sin contar las obras escritas por otros autores tras la muerte de Asimov, uno de los grandes de la ciencia ficción y la divulgación científica, autor de más de 500 libros.
Nacido en Petróvichi (Rusia) el 2 de enero de 1920, Isaac Asimov llegó con sus padres a Estados Unidos con 3 años recién cumplidos. "No recuerdo prácticamente nada de mis primeros años en Rusia; no hablo ruso y no conozco -más de lo que cualquier norteamericano inteligente pueda conocer- la cultura rusa. Soy completamente estadounidense de educación y sentimientos", confesaba en 1992 en 'I, Asimov' (Yo, Asimov), autobiografía cuyo título homenajea a su otra gran serie de ficción, la de los robots. La familia Asimov compró una tienda de chucherías en Brooklyn y con 6 años el pequeño Isaac, ya un lector voraz, echó el ojo a las revistas de cuentos que vendían. Para alejarlo de esa "basura", su padre le sacó el carné de la biblioteca pública, donde leyó la 'Ilíada', la 'Odisea' -"me gustó menos, no era tan sangrienta"-, a Dickens, Dumas, Shakespeare...
Le gustaba el colegio, pero se portaba mal. Se aburría y, además, se creía el más listo de la clase, profesores incluidos. "Mi educación real, la superestructura, los detalles, la verdadera arquitectura, la obtuve en las bibliotecas públicas", aseguraba décadas después. Al final, la palabra ciencia le abrió las puertas de la ciencia ficción. "Me las arreglé para engañar a mi ingenuo padre y que creyera que una revista titulada 'Science Wonder Stories' trataba de ciencia. Las revistas de ciencia ficción fueron, por lo tanto, los primeros relatos folletinescos que me permitieron leer. Puede que esta sea en parte la razón por la que, cuando llegó el momento de convertirme en escritor, elegí este género".
Ese momento llegó en octubre de 1938 cuando vendió a la revista 'Amazing Stories' su cuento 'Varados frente a Vesta'. Fue el primero de cientos -de ciencia ficción, pero también de misterio como los del club de los Viudos Negros-, de una prolífica carrera literaria que abarcó la narrativa y el ensayo, la divulgación y la crítica. Firmó una guía de la ciencia, otra de la Biblia y otra de Shakespeare, libros de historia de disciplinas científicas y de historia a secas, de geografía, de ordenadores, sobre el Universo, los dinosaurios, la luz... Doctor en bioquímica y maestro de la divulgación, si con algo se asocia popularmente el apellido Asimov, es con la ciencia ficción, género que definió como la rama de la literatura que se ocupa de las respuestas humanas a los cambios científicos y tecnológicos.
LA FUNDACIÓN Y LOS ROBOTS
El futuro asimoviano se articula en torno a dos series -la de la Fundación y la de los robots positrónicos- que abarcan veinte milenios y dieciocho libros, y el autor fundió en los años 80, después de un paréntesis de 30 años en los que se volcó en la divulgación. Para la saga de la Fundación, fundó el Imperio galáctico; para la otra, formuló las tres leyes de la robótica. Establecen que 1) un robot no hará daño a un ser humano o, por su inacción, permitirá que un ser humano sufra daño; 2) un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas entran en conflicto con la Primera Ley; y 3) un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o Segunda Ley. A ellas sumó en 1985, en 'Robots e Imperio', la Ley Cero, a la que se supeditan las otras tres: "Un robot no hará daño a la Humanidad o, por inacción, permitirá que la Humanidad sufra daño".
"Virtualmente inventó la ciencia de la robótica y la bautizó antes de que naciera", destacaba su amigo el también escritor Arthur C. Clarke tras su muerte. Isaac Asimov falleció el 6 de abril de 1992. Su salud había empezado a deteriorarse rápidamente tras someterse en diciembre 1983 a un triple baipás. Siete años después, supo que sufría el sida. Se había infectado a través de una transfusión durante la operación. Aconsejados por sus médicos, él y su esposa Janet Jeppson lo ocultaron al mundo por miedo a la marginación. Solo trascendió en 2002 con la publicación de su libro póstumo de memorias 'It's been a good life' (Ha sido una buena vida).
Asimov previó la omnipresencia de los ordenadores y los sistemas de comunicación globales, pero erró al creer que, a estas alturas del siglo XXI, la escuela sería algo del pasado y tendríamos una base en la Luna. De estar vivo, se reiría. "Dado que con frecuencia me llaman para hablar sobre el futuro del hombre, no puedo dejar de usar 'Everest' para señalar lo experto futurista que soy. Después de todo, predije que el monte Everest nunca se iba a conquistar, cinco meses después de que se conquistara", ironizaba en 'El electrón es zurdo y otros ensayos científicos' (1972) sobre un cuento entre cuya finalización y publicación Edmund Hillary y Tenzing Norgay coronaron la cima del mundo, donde él había instalado una inaccesible base marciana.
Fue asesor de la película de 'Star trek' (1979) y le gustó 'La guerra de las galaxias' (1977), aunque la consideraba "deliberadamente frívola y completamente tonta". Y, por supuesto, deudora de su Imperio, algo para él sin mayor importancia: "Me apropié gratuitamente de la 'Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano', de Edward Gibbon, al planear la serie de la Fundación, y creo que la película 'La guerra de las galaxias', a su vez, se apropió de la serie de la Fundación". Fuera de los libros, no creía en las superpotencias interestelares. "Creo que los imperios galácticos tienen una probabilidad de hacerse realidad cercana a cero", escribió en 'Sobre la ciencia ficción' (1981). Así que podemos dormir tranquilos. O no.
Cuando falleció, esos amigos le homenajearon en las páginas de 'The Skeptical Inquirer', la revista del hoy llamado Comité para la Investigación Escéptica. Sagan recordó que un año antes Asimov había escrito: "Ha sido una buena vida y estoy satisfecho. Así que, por favor, no os preocupéis por mí". "Yo no -apostillaba el autor de 'Cosmos'-. Sin embargo, me preocupo por el resto de nosotros, sin Isaac Asimov alrededor para inspirar a los jóvenes el aprendizaje y la ciencia". "Ningún otro autor contemporáneo ha hecho más por mostrar a gente de todas las edades las maravillas de la ciencia y combatir el analfabetismo científico", apuntaba Gardner. "Mi negocio y mi pasión, también en la ficción literaria, es explicar", decía Asimov. El Buen Doctor, como también se le conocía, tenía la habilidad de explicar lo complejo y, desde su magisterio, divulgó la ciencia como nadie y no dudaba en posicionarse sobre asuntos conflictivos, aunque eso pudiera granjearle poderosos enemigos.
Para él, los humanos somos los únicos responsables de nuestros avances y desgracias, y ningún ser sobrenatural ha influido ni influirá en nuestra historia ni para bien ni para mal. De familia judía, humanista y ateo declarado en un país donde se menta a Dios hasta en los billetes -"Soy ateo y, en mi opinión, a la muerte le sigue un sueño eterno"-, se plantó públicamente ante el creacionismo impulsado desde la Casa Blanca por Ronald Reagan, que consideraba "una expresión de una antigua leyenda de Oriente Próximo", unos mitos hebreos que "no son intrínsecamente más creíbles que cualquiera de los otros".
Asimov tenía claro en qué radica el éxito de creencias absurdas como las de alienígenas ancestrales y la astrología, que él combatió durante décadas: "Inspeccione cada pieza de pseudociencia y encontrará una manta protectora, un pulgar para chupar, una falda a la que agarrarse. ¿Qué ofrecemos nosotros (los científicos) a cambio? ¡Incertidumbre! ¡Inseguridad!", reconocía en 'The Skeptical Inquirer' en 1986.