San Fermín
El encierro tiene colesterol y va a morir de éxito
Un día sí y otro también, la acumulación de personas detenidas en los laterales representa un peligro mayúsculo en la curva de Telefónica


Publicado el 14/07/2026 a las 05:00
Ya lo dijo días atrás un experimentado corredor caído delante de un toro, que no le lastimó por la suerte del destino: “Cada vez hay más corredores que se paran, también habituales”. Y ahí está el problema. A este paso, el encierro va a morir de éxito. La afluencia es masiva y empeño hay por parte de la Policía Municipal de hacer criba en el acceso al recorrido desde la plaza Consistorial, que, por cierto, este lunes se cerró a las 7.30 horas, conforme al nuevo criterio establecido.
Así como es un acierto –no exento de dificultad–, que se haga lo indecible para despejar el coso de los atrevidos a pisarlo antes de tiempo bajo la reprobación del respetable, ¿para cuándo se establecerá una medida que minimice el peligro de la retención en los laterales del recorrido? Un día sí otro también representa un riesgo mayúsculo, sobre todo, en la curva de Telefónica. El cauce se estrecha como una arteria con las paredes engordadas por el colesterol.
Si ya lo dicen los médicos: ¡Ándese con cuidado, tiene la tensión alta y además colesterol y no precisamente del bueno! En fin, escuchar estas palabras–lo sé por experiencia– no es precisamente gratificante. Así que conviene hacer caso a quienes saben, como es el caso de los facultativos en cuestión de salud. Pero para cuidar el encierro y a quienes lo disfrutan en primera persona, conviene recuperar la anchura del trazado. Dicho de otra forma, resulta más que necesario aligerar las paredes de quienes, de forma inconsciente, amenazan con su presencia con hacer tapón. Lo peor es que la suma de capas estrecha el flujo, y cuantos tratan de correr, porque lo saben hacer, se topan con obstáculos que frustran su tentativa en lo mejor de los casos o acaban, en el peor, en el suelo con lamento y algún que otro golpe. Sirva esta reflexión para poner sobre la mesa –entiendo la del encierro– una realidad más que conocida, que hay que atajar.