Fuegos
Crónica de los fuegos artificiales del 9 de julio de San Fermín 2026: alarde de pedigrí de Jorge Caballer


Publicado el 09/07/2026 a las 07:51
Anoche el valenciano Jorge Caballer Villacañas, en su espectáculo "Memorias de pólvora y color", se estrenó como diseñador de espectáculos: tanto en Pamplona como en su vida. Hizo alarde de pedigrí, puesto que es heredero, junto con su hermano, de la saga Caballer.
En las obligatorias destacó sobre todo la asimétrica con corazones a un lado, tanto en la altura superior como hechos con monotiros y conformados en el aire. Estos últimos salieron a medias. Mientras que, al otro lado, hizo espigados que en cada tiro sucesivo abría y cerraba, con idéntico color arriba.
Luego, como aperitivo, presentó una sección de relámpagos con truenos que tornó en una total tormenta de tronerío, empezando la parte libre del espectáculo de forma muy potente y muy valenciana, y con final de doble golpe en friso. Detener eso en marcha tiene su mérito.
Otro momento digno de mención fue el abanico arco iris con estelas blancas y puntas de colores, haciendo gala de hasta siete colores que, posteriormente, sustituyó por volcanes a juego, en otros tantos colores.
Cierto es que ahí alguna de las posiciones de los volcanes parecía no responderle donde debían. Pero como concepto de diseño esto fue muy bueno porque demostraba su poderío colorista como fabricante al tiempo que resultó sorpresiva la forma de presentación.
Después vinieron demostraciones muy técnicas y a la vez plásticas: la sección de lentejuelas rosas o malvas a varias alturas, riquísimas, haciendo ver que es capaz de poner el mismo efecto de color en varios pisos (cosa que no pueden hacer los no fabricantes), llenándolo todo exactamente del mismo tipo de brillos.
Hubo una sección de farfallas (unas con centro y otras sin) donde volvió a meter los truenos en frisos a golpes, ganando potencia otra vez.
De ahí pasó a disparar oros nuevos con limón, con cabelleras muy bonitas a media altura, regadas con truenillos de descarga con punta amarilla y palmeretas, por arriba, también con puntas limón, resultando muy bonito. El repiqueteo de los truenos, cayendo, entre tanto lujo de oros, resultó precioso.
Como buen Caballer, heredero del fuego antiguo, puso cinco grandes ruedas sobre la muralla, en el suelo (hacia Yanguas y Miranda), en blanco y verde (aunque una no giró), que cambiaron a rojo y luego, en un tercer tiempo, a blanco de titanio, donde tampoco funcionaron todas.
Estos efectos 'de palos', ya no se ven tanto porque exigen mucha mano de obra y dan muchos problemas de montaje. Pero Jorge, que vino a rememorar los 'castillos' de fuegos que hacía con su abuelo y su padre en San Fermín cuando era niño, hizo muy bien en recordarnos que de casta le viene al galgo.
Lo bueno es que fue muy inteligente y estos efectos del suelo, pensados más para jurado, los acompañó, sin 'tapárselos', con algo de fuego en el aire, para que la gente de más lejos no se quedase sin ver nada.
Despues vino una sección de copo blanco que enriqueció con rojos (tanto en puntas de candela como, después, en pistilos), y que remarcó con sucesivos golpes de truenos.
El único 'pero' fuerte que se le podría hacer ante todo este alarde de fabricación propia y de conjuntos de fachada, es que no esperaba entre secciones, de forma que no dejaba aplaudir al público que, sin duda, quería agradecérselo. Y al público, en un espectáculo recreativo, hay que respetarle el aplauso.
Siguió con una sección de blancos y morados, con idéntico fabricado en todas las alturas y efectos, de lujo. Y su valencianía seguía ahí con serpentinas de trueno que le iban clavadas, repiqueteando continuamente.
Y otro lujito: la sección de oros viejos o sauces. Al principio con puntas amarillas, con arañas y cabelleras, y después ya solo con puro oro antiguo, en tres alturas.
Es cierto que alguna pieza concreta le abrió a baja altura y otras sueltas le llegaron a abrir incompletas. Eso sí: no se vio ni una sola caja china, por eso los tiempos le iban tan bien marcados y todo terminaba al unísono cada vez.
Por fin llegó el prefinal, de estilo clásico con pitos y relleno de peonías y luego bicolores (nada que ver con el lujo de todo lo antedicho).
Lo condujo muy bien apuntalando con truenos y más truenos, muy del agrado del público, demostrando que aunque este era el primer espectáculo que diseñaba en su vida (porque él es fabricante y no disparador), sabe perfectamente qué hacer para gustar.
Todo el multicolor cesó y la fuerza se condensó en un poderoso friso a modo de mascletá valenciana en el aire, para demostrar de donde viene en todos los sentidos.
Resultó un espectáculo muy bonito, variado, súper agradable, bien diseñado y bien cargado, y con efectos delicatesen con los que no hizo sino alardear, porque puede, de su condición de experto fabricante.