El cuadernico
Seis minutos de retirada


Publicado el 12/07/2025 a las 05:00
Eneko me advirtió de que tenía mala cara, cosa normal a las ocho menos diez de un once de julio junto al muro de la Cuesta. El reloj marcaba y cincuenta y tres. Siempre pensé en que un día me tendría que salir del encierro, y quizás ese día había llegado al fin. Todo se había terminado. “¿A dónde vas?”, me preguntó uno con el chaleco naranja cuando salí por debajo del vallado de la Cuesta, arrastrándome entre los pies de los compañeros. Me estaba escabullendo. “Voy a vomitar”, le respondí, y me señaló un árbol en el que eché una gloriosa papilla.
Miré el reloj de nuevo: las siete y cincuenta y siete. “Se acabó”, me dije. De alguna manera, el miedo y la resaca habían podido conmigo y me quedaría fuera, dejando de correr un encierro por primera vez en mi vida, vencido por la jindama cuando te corta el cuerpo como un cuchillo. Escucharía pasar la manada, cogería por la calle de atrás, deshecho por el compromiso no cumplido, repasando treinta y tres años de encierros, que no eran, pensé, pocos.
Desde ese momento, tendría que empezar a vivir sin esto, sin pensar en esto, como el que de pronto tiene que vivir sin un brazo o sin una mano. Sabía que algún día sucedería e iba a pasar así con una arcada, sin días planeados, sin decisiones, anuncios, ni abrazos a los amigos.
Me había salido del encierro reptando por debajo del vallado en una despedida reptante, sin honor, sin lágrimas, mensajes ni nada.
Ahí había quedado todo: en ese charquito de bilis amarilla, el mal sabor de boca y la frente perlada de sudor frío. No me parecieron maneras, así que sin pensarlo mucho entré por donde había salido a un minuto del cohete ante la mirada extrañada del tipo del chaleco que preguntó: “¿Qué, ya?”, y yo le respondí: “Ya”. Esbozamos los dos media sonrisa, me deseó suerte, echaron el cohete y volví a ser corredor. Seis minutos me duró la retirada.