San Fermín

Encierro txiki: pequeño en tamaño, inmenso en emociones

Esta tradicional cita brota cada año en los corazones de quienes corren, de quienes miran, de quienes recuerdan. Emoción a flor de piel. “Son cantera”

Niños y niñas disfrutan del encierro txiki con toros de ruedas
Niños y niñas disfrutan del encierro txiki con toros de ruedas./JONAN BASTERRA

Noelia Gorbea

Publicado el 09/07/2025 a las 14:47

Ver un niño anudarse el pañuelo rojo con manos pequeñas y ojos grandes es asistir al nacimiento de un sentimiento. Cada paso que da en el recorrido, entre risas y carreras, es mucho más que un juego: es una declaración de pertenencia a una fiesta que se construye en zapatillas de talla reducida.

Y es que el encierro txiki no es solo un entretenimiento infantil. Es una experiencia simbólica, cuidadosamente diseñada para que los más pequeños vivan en primera persona una de las tradiciones más emblemáticas de los Sanfermines. Armados con periódicos, camisetas blancas y un maremágnum de sensaciones, los mini corredores desafían a los toros (de ruedas) con el mismo arrojo que los adultos… además de con una sonrisa contagiosa.

Ese instante, mágico para muchos, se repite año tras año en la Cuesta de Santo Domingo (“y ya van más de diez”), donde quienes todavía no tienen edad toman el relevo y nos recuerdan, sin decir una palabra, por qué estas fiestas marcan de por vida. “Me gusta venir con mi hijo porque soy corredor de siempre en Estafeta y me gustaría que siguiera mis pasos”, deseaba Fermín Salcedo junto a Ion, que cumplirá tres años en agosto.

Y aunque la cita está pensada para ellos, los adultos también forman parte del recorrido. Un trazado que comienza en la hornacina y termina en plena Plaza Consistorial. Una carrera que se corre con la ternura en los ojos de madres y padres que siguen a sus hijos con la vista, cámara en mano. “Es un recuerdo muy nuestro”, indica Margari Saldise.

De hecho, basta abrir los ojos para darse cuenta que el encierro txiki es un momento que desarma. Porque no se trata de correr, sino de sentir que el tiempo se detiene, que pasado y presente caminan de la mano. “Quienes lo organizamos, alrededor de treinta entre los que portan toro y quienes hacemos de pastores, somos o hemos sido corredores habituales”, comparte Fermín Iriarte, mozo durante más de 40 años en el tramo de Santo Domingo y uno de los voluntarios de este multitudinario evento.

Para quienes no sepan de qué se trata, la cita consiste en emular un encierro real pero sin el peligro de un Cebada Gago rezagado. “Y eso que contamos con un puesto de atención sanitaria”. añade Fermín. Cuatro carreras, con sus cánticos y cohetes. “Hacemos todo igual, hasta repartimos algunos periódicos para citar al toro”, declaran organizadores como Miguel Ángel Cirez.

DISPOSITIVO OFICIAL

Saben, por experiencia, que casi todas las atenciones que tienen por delante son caídas. “Especialmente cuando los toros vuelven del Ayuntamiento bajando”, indica Josetxo Campión, jefe de equipo del tramo de Santo Domingo en Cruz Roja. Y aunque son cuatro las carreras programadas en el encierro txiki, la realidad les muestra que son en las dos últimas, las planteadas para los más mayores, donde se producen más accidentes. “Van muy deprisa y este suelo es el que es”, valoran los sanitarios.

Erosiones, alguna pequeña herida en las muñecas o hematomas en las rodillas son de las cura más repetidas. “Por suerte, no tenemos grandes cosas”, valoran desde el mismo puesto de socorro que se instala durante el encierro de las ocho de la mañana. “En ese estamos más tensos, mucho más atareados. En el txiki podemos echar una mano más fácilmente entre todos”, determinan desde Cruz Roja. “A veces atendemos también a personas mayores que vienen mareadas o afectadas por calor, por ejemplo”,

Las dos primeras están pensadas para niños de menor edad, silletas... “Vamos muy despacio porque sus piernas no dan para más”, cuenta Unax García mientras da el relevo de uno de los astados con el que viene corriendo calle abajo a un compañero. Vecino de Donosti, le pidió a un amigo que le ‘metiera’ dentro del grupo del encierro txiki. “He venido solamente hoy (por ayer) porque me parece una experiencia bonita, hacer correr a los que son más pequeños que tú”, indica apasionado. “Eso sí, en encierro ‘de mayores’ mejor lo veo desde la barrera”, elige.

Carreras, de ida y vuelta, que dan paso a la intensidad de los que ya se atreven a correr solos. “En los dos últimos, les apretamos más”, dice Miguel Ángel. “Tienen que sentir ese gusanillo de tener un toro detrás, de ver cómo te alcanza, tal y como sucede en la realidad”, añade Iriarte. Un auténtico hervidero de personas que se entremezclan con gente de paso que sube y baja. “Es una pasada, creo que cada vez hay más aficionados o curiosos, no lo sé”, comenta Julián Díaz, apostado en una de las vallas. “A mi sobrino Lucas le encanta venir y somos fijos”, añade.

Media hora de tensa ilusión que termina con el alivio por saber que todo ha salido bien. Y ya no es solo la foto o vídeo que ya se guarda para el recuerdo, sino que lo que queda de este encierro txiki se convierte en un cóctel por la nostalgia de quienes fueron niños y la ilusión de quienes empiezan a serlo. La mini cita taurina es una ciudad que se emociona al ver cómo la tradición se hereda, paso a paso. Y ahí, en cada zancada, late el futuro de los Sanfermines.

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