Encierro
Drama en el callejón: el encierro del 9 de julio de 1975
Hace 50 años perdió la vida Gregorio Górriz Sarasa de una cornada de un toro de Osborne, de nombre ‘Navarrico’, en un encierro de espanto: doce mozos resultaron heridos graves


Publicado el 09/07/2025 a las 05:00
EL contexto aventuraba un mal presagio. Correspondía ese día (9 de julio de 1975) correr por el empedrado a bureles del hierro de Antonio Ordóñez. Pero, circunstancias del destino que no siempre son benévolas, fueron “rechazados al completo”, como recordaba en este mismo medio Javier Manero en 2005. El vacío fue cubierto con premura con una corrida de Osborne que, claro está, implicó habilitar una infraestructura de transporte de urgencia. Apenas hubo tiempo de aclimatación para los astados. La experiencia aconseja adelantar su llegada el tiempo necesario, como se hace hoy día con su estancia en los corrales del Gas.
Sólo así, con las prisas, sin margen de adaptación y las horas de viaje, se puede llegar a comprender el nerviosismo que pudieron apreciar los entendidos sobre su estado. El desasosiego en los toros es sinónimo de peligro acentuado.
El caso es que esa mañana el recorrido, a excepción hecha del tramo Ayuntamiento-Mercaderes, quedó marcado con el sello de la cornada. Las huellas del espanto dibujaron el camino del drama al llegar al callejón.
Para mayor desgracia, nada más pisar la arena los primeros corredores, comenzó a formarse un montón. Llegaron adelantados los cabestros, que pudieron salvar la muralla humana con cierta dificultad. A su estela, disgregados, aparecieron los toros. Y claro está, en medio de la confusión y sin guía con la que orientarse en busca de una salida segura, empezaron a embestir sobre todo cuerpo en movimiento que se cruzase en su trayectoria.
UN EXPERTO CORREDOR
He de aquí que al ver el obstáculo, Gregorio Górriz, de 41 años de edad, natural de Arazuri, regresó sobre sus pasos en busca de refugio. El infortunio salió a su encuentro al toparse de frente con el colorado de ojo perdiz Navarrico, “que le corneó contra la pared izquierda del callejón. La cornada, según el doctor Juaristi, médico-jefe de la plaza de toros, fue mortal de necesidad”. Górriz gozaba de buenas condiciones físicas, como experto corredor y profesor de atletismo. Pero no pudo esquivar el destino.
Ese día, el corredor de Arazuri se había despedido de su madre, Francisca Sarasa. Cogió el bocadillo que tenía preparado y se reunió con varios amigos de la localidad para acercarse hasta Pamplona en bicicleta. Había pertenecido al CAUN (club Atlético Universidad de Navarra) como especialista en los 10.000 metros, y comenzó a aficionarse al encierro cuando contaba 30 años. “Corría muy cerca de la manada, a tres o cinco metros”, recordaba Luis María Latasa. “Iba siempre en buenas condiciones al encierro, después de haber descansado durante la noche”.
Félix Villanueva Nuin, quien fuera hace 50 años párroco de Arazuri, le recordaba por su faceta de “trabajador templado” en una empresa de terrazos y por carácter social. Era “un hombre muy sereno, un enamorado de la fiesta que quería disfrutarla”. Sabía el propio presbítero que por la experiencia que fue adquiriendo “había salvado la vida a cantidad de corredores con sus quites oportunos”. El encierro quedó registrado por el drama reflejado en la pérdida de una vida humana y en la atención sanitaria prestada a 12 mozos heridos de gravedad. Pero lo curioso del caso es que el momento crítico del callejón quedó congelado en una secuencia de fotografías ocultas durante 25 años. Su autor las mantuvo guardadas en un cajón, desconocedor del testimonio que contenían. Ningún fotógrafo había conseguido un documento gráfico de la cogida mortal de Gregorio Górriz. Es lo que sucede con el encierro, que discurre a velocidad relámpago, y está escrito de capítulos tejidos con el marchamo del adjetivo histórico.