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Estafeta

A falta de toros, de turistas, de gente...

La calle mítica del encierro pero también con vida fuera de San Fermín gracias a su comercio tradicional junto a los que llegan, el poteo, la apuesta culinaria de los pinchos... esa calle que con la suspensión de San Fermín se quedó muda y vacía

Desde la izda., Natxo Ainzua Zabalza (Gurgur); Fermín Butini Echarte (Casa del Libro); Conchita Domínguez Vecino (El Horno de la Estafeta); Nando Gómez Martínez (Cuchillería Gómez)
Desde la izda., Natxo Ainzua Zabalza (Gurgur); Fermín Butini Echarte (Casa del Libro); Conchita Domínguez Vecino (El Horno de la Estafeta); Nando Gómez Martínez (Cuchillería Gómez)Calleja
Publicado el 13/07/2021 a las 06:00
La mítica Estafeta con la suspensión de San Fermín se quedó sin astados y sin ambiente festivo. Y con poca gente para comprar o tomar una cerveza. Pero Cuchillería Gómez abrió, como siempre lo hace del 6 al 14 de julio desde que hace 73 años se inauguró el local en la Estafeta. “Por fotos de los abuelos, en aquellos años que no había persianas metálicas como ahora para proteger la tienda de los toros ponían tablones como buenamente podían”, dice Nando Gómez Martínez. Pero no sólo ha cambiado eso, también el tipo de turista de San Fermín. “De hace 20 años a esta parte te encuentras sobre todo a gente que viene a emborracharse, mientras que antes tenías a aquellos que se acercaban a conocer la tradición”.
Y con este nuevo visitante, dice, las ventas han decaído. “Desde que se puso la tienda y hasta hace dos décadas, se abría desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche y era un no parar. Ahora nos basta y nos sobra con la franja de 9 a una del mediodía. Y se hace sobre todo para atender la parte del negocio que tenemos en internet. Nosotros vendemos mucho más en agosto”.
Este año, por el mismo motivo, también abren aunque recuerda que el pasado la calle Estafeta estaba desangelada. “Los que se van siempre, se fueron, y se quedó vacío el hueco que llenaban los visitantes”. Una impresión que también comparte Natxo Ainzua Zabalza, de la tienda gastronómica Gurgur, dedicada en exclusiva al producto navarro desde que abrió hace una década. “Escogí este lugar porque no había nada similar a lo que vendo. Yo promociono Navarra y me beneficio del visitante al que le atrae lo local”.
Él abre también en San Fermín, salvo el día 6. “Es que el chupinazo trae demasiada avalancha de gente y es un día más para disfrutar que para comprar”, apunta Natxo, que a lo largo de estos años se ha hecho una clientela sanferminera. “Son los corredores del encierro que se quedan todas las fiestas. Y se han acostumbrado a proveerse de productos de aquí para regresar a casa”. Además, alquila el local a una agencia americana que cada mañana le trae a cuatro extranjeros para ver el encierro.
Este año ha abierto igual que siempre, con el festivo del 6 de julio incluido. “Pero supongo que se repetirá la historia de poco meneo por la calle y pocas ventas. Al menos estoy contento porque toda esa gente que se va de Pamplona me está comprando para surtirse del producto de su tierra en vacaciones. Y comienzan los turistas”.
También la Casa del Libro, desde su inauguración en 1943, ha abierto en San Fermín. “Antes se disfrutaba más de día. Aunque queda mucha gente que sigue fiel a esa fiesta diurna. Sobre todo entre semana”. Y el cliente al que atiende Fermín Butini Echarte no es el de la juerga. “Mantenemos a los de siempre, a los que se unen los visitantes nacionales y también extranjeros de hace años y diurnos. Después de tantos años llegas a hacerte amigo, casi son como de la familia. Las redes te permiten seguir en contacto todo el año con los que viven lejos, y a los que viven cerca vas hasta a sus fiestas de cumpleaños”. Por eso, dice que el día 6 de julio es un momento para el reencuentro. “Y me gusta”.
Como también escuchar el encierro, porque no pueden abrir el escaparate por motivos de seguridad. “Es un sonido que va in crescendo. Primero oyes a los corredores hablar, después como se aceleran las voces, el llegar de los toros, las pisadas de las carreras...”, describe. Pero, por segundo año, a las 8 de la mañana sólo habrá silencio. Y no mucho más ruido el resto de la jornada. “La calle estuvo demasiado triste. Este año esperamos más trasiego de gente porque las restricciones ya no son tan severas”.
La mayoría de turistas son de comunidades limítrofes, apunta Conchita Domínguez Vecino, de El Horno de la Estafeta, calle a la que llegó hace cuatro años desde la esquina de San Miguel con San Antón. Y antes habían estado en Martín Azpilcueta para ofrecer los dulces propios de Navarra en una trayectoria que suma ya 15 años. “Me vine aquí porque me pareció que era una oportunidad para aumentar la clientela con los turistas. Y no nos equivocamos. El 90% de los que visitan Pamplona acaban en esta calle”.
Pero llega una pandemia que deja a la gente en sus casas, que blinda las fronteras de las comunidades y suspende unas fiestas. “Abrí como si fuera laborable. Cuando se celebran, al entender que la gente viene a otra historia, no a comprar en mi sector, cierro”. No le fue mal. “Aunque se veía poca gente por la calle, mantuve la clientela de la ciudad, la habitual. Este año repito, con la duda de si efectivamente se va a incrementar porque ya se permite viajar”. De hecho, afirma, la Estafeta ha recuperado en una parte, pequeña aún, a ese visitante. “Pero el extranjero es casi testimonial”.
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