LA FIESTA

No me toquen la fiesta

Somos una ciudad con visiones políticas dispares que no pacta ni las flores que hay que plantar en la Taconera pero capaz de respaldar un criterio unánime frente a las agresiones sexistas

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Jose Murugarren

Actualizado el 21/07/2017 a las 11:24

Se buscan ideas simples para conceptos complejos. Cualquier planteamiento ha de resolverse de manera sencilla y sentenciadora. Para los medios que analizan los problemas a muchos kilómetros de distancia valen las conclusiones elementales, pero contundentes y sin matices. Urge encontrar culpables. Sirve por ejemplo echar el muerto del cambio climático a Donald Trump, difundir que los árabes son yihadistas, los ingleses violentos ‘hooligans’ y que, en materia de agresiones sexuales, Pamplona es la nueva Meca. ¿Quién lo afirma? Lo acreditan abigarrados plumillas de estos que cuando bajan del tren o del avión no saben si están en Cuenca, en Amberes o en Pamplona pero ponen sus micrófonos a la tarea de husmear cualquier atisbo que confirme la hipótesis que fabricaron durante el viaje. Ellos son así. Leyeron el repugnante suceso de los cinco de ‘la manada’; y los pormenores de la presunta violación múltiple de los Sanfermines de 2016 y desde entonces quieren hacernos creer que los encierros y la parranda bien entendida son una cuestión menor en unas fiestas entre australopitecus, gente poco evolucionada, que disfruta de la imposición, el coma etílico y la agresión a las mujeres. Eso vende. En Inglaterra y en Madrid. Es su idea simple de un concepto complejo.

 

EXCESO DE CELO

El resto, no es relevante. Poco importa si sus medios subrayan que Pamplona es un lugar sin ley aunque la realidad sea más complicada. Si lo analizaran descubrirían por ejemplo que hoy se da en Pamplona la mayor repulsa colectiva de los ataques sexuales que nunca se ha producido. Podrían llegar a enterarse de que somos una ciudad con visiones políticas dispares que no acuerdan ni las flores que hay que plantar en la Taconera, pero capaz de respaldar un criterio unánime frente a las agresiones sexistas. Pioneros en implicación, actuación policial, celeridad judicial y rechazo de la más mínima agresión. Hemos desarrollado una hipersensibilidad máxima que lleva al Ayuntamiento a convertir en nota informativa cada tocamiento. Probablemente una exageración. Un exceso de celo rendido a la convicción de que es imprescindible una apuesta fuerte contra las agresiones. Pero un esfuerzo que ha ayudado fuera de aquí a interpretar que los Sanfermines son más inseguros que otras fiestas. Una realidad compleja que algunos medios resuelven con conclusiones simples. Para ellos si en los sanfermines hay demonios y gente primitiva venden más. Y en este panorama los disfrutadores de la fiesta somos neandertales, cavernícolas que adoran a los toros de lidia y agreden a las mujeres.

 

CAVERNÍCOLAS INTRANSIGENTES

Sepan que llevamos siglos corriendo toros y cientos de años buscando un lugar donde bailar, cantar, comer o beber. Incluso rezar. En eso no nos distinguimos del resto de los mortales. O quizás, sí. Porque lo hemos hecho con tanto éxito que muchos sueñan con visitarnos. Errores hemos cometido y en el camino de corregirlos estamos. Si vienen a disfrutar, la puerta está abierta. Pero no vengan a difamarnos. Que nuestra fiesta es un cóctel de farra, toros, mucha calle y San Fermín. De la panoplia se pueden elegir los elementos como en un plato combinado. En ración simple o doble porque el truco es que cada uno configura los sanfermines a su aire. Hay quien pasea de punta en blanco y quien se guarrea hasta las cachas, tipos que beben de garrafón y gente que pide el gin tonic en vaso de cristal, ‘fijos’ de visitar a diario al santo y quien no se arrima, padres que salen con niños, solos, en cuadrilla, quienes lo programan todo y adoradores de la improvisación. Hay quien venera los toros y quien los aborrece, quien aplaude a rabiar en los fuegos y no faltan soñadores que despiertan en la traca final. Aceptamos los excesos que tienen que ver con la libertad individual siempre que no vulneren los derechos de los demás. Y no se dejen engañar. Castigamos a quien toca a los toros, a quien roba, altera la convivencia y con todo rigor a quien agrede a las mujeres. Somos así, unos cavernícolas intransigentes del siglo XXI empeñados en conciliar las mejores fiestas del mundo con el sentido común de toda la vida. ¡Qué le vamos a hacer!

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