OPINIÓN
Si Hemingway levantara la cabeza


Actualizado el 10/07/2017 a las 14:11
Pasados ya el día 6 y el fin de semana, los días de mayor aglomeración en las fiestas pamplonesas, renace el debate eterno de todos los Sanfermines: ¿ha venido menos gente este año o no? Es curiosa esta preocupación, en una fiesta de por sí masificada y que hace no tanto parecía encarrilada a morir de éxito. No obstante, este debate se cruza desde tiempos recientes con el run-run mediático y tuitero empeñado en denigrar la fiesta y en destacar todos sus males. ¿Está afectando esta “mala fama” de los Sanfermines a la afluencia de turistas?
Habría, ante todo, que separar el grano de la paja. Los Sanfermines tienen muchos aspectos muy mejorables y tratar de negarlos es como tapar el sol con un dedo y decir que es de noche. Sin embargo, escama que buena parte de las opiniones -incluso de profesionales de los medios de comunicación- lleguen de personas que no han visto de Pamplona nada más que un puñado de vídeos y fotos.
Ahí está el problema. Para lo bueno y para lo malo, los Sanfermines hay que conocerlos in situ. Y, una vez aquí, saber que cada uno va a poder encontrar exactamente lo que busca. Por desgracia, el que quiera vivir un “Magaluf”, lo tiene al alcance de la mano, pero los Sanfermines no han llegado a ser lo que son por eso, ni remotamente.
En mi opinión, si algo hizo únicas a estas fiestas fue la hospitalidad de los pamploneses, que convertían a los visitantes, cualquiera que fuera su condición, en VIP. A todos. Sospecho que Hemingway -no estuve allí para verle, pero me lo imagino- se sentía en Pamplona el primero entre iguales, pero no tanto por ser un escritor de éxito, como por ser esa persona de fuera al que los de aquí se desvivían por agasajar y, a la vez, tratar como un hermano.
La hospitalidad de la que hablo, cierto es, tiene un tinte “pueblerino”. Es la que hemos visto con nuestros ojos aquellos que tenemos raíces en pueblos pequeños: la misma por la que el preciadísimo chocolate se caducaba en la despensa, ya que “era para las visitas”, o la “vajilla buena” aguardaba su oportunidad, paciente, en el armario.
Los Sanfermines, afortunadamente, mantienen parte de este carácter: las cuadrillas se amplían estos días con amigos, primos o extraños encontrados por el camino, que pasan a ser VIP con plena disposición de los miembros de la cuadrilla como guías turísticos, porteadores, cómicos... lo que haga falta por lograr la felicidad del invitado.
Sin embargo, este punto espontáneo, unívocamente pamplonés, se está diluyendo. En primer lugar, porque muchos de los pamploneses ya no son los de antes debido a la globalización tecnológica, social y cultural que vivimos. Y segundo, porque los Sanfermines se están convirtiendo en un producto más reglado, en el que el Ayuntamiento ha arrebatado la iniciativa de la fiesta a la inventiva anónima.
Durante algunas décadas, lo mejor de los Sanfermines brotaba fuera del programa, ideado por cuadrillas de jóvenes que habían vivido años muy duros y a las que les sobraban ganas de fiesta. Ideas que luego eran aceptadas por unas autoridades que, condescendientes nueve días al año, miraban para otro lado. Pero nada más. Gracias a aquellas gentes tenemos lo que hoy llamamos los “momenticos”.
Ahora, en cambio, hay menos margen para la improvisación y los Sanfermines, con el programa como barrera que delimita el camino, se convierten en algo más repetitivo e, incluso, con sospechoso parecido a las fiestas de cualquier otra ciudad.
Por eso, a mí no me quita el sueño que venga menos gente de fuera: creo sinceramente que los Sanfermines no van a morir por falta de visitantes. Sin embargo, me preocupa que los Sanfermines buenos, los únicos y especiales, los que enamoraron a todos los Hemingway que durante décadas lo conocieron, cambien hasta tal punto que pasen a ser un recuerdo del pasado.
No en vano, de aquellos Sanfermines dorados quedan cosas, muchas, pero por simple herencia, por pura inercia. Y en lugar de ser como una bola de nieve, que crece y crece cuanto más rueda por una ladera nevada, esta es una bola que rueda ya por otra superficie, que continúa viva, cierto, pero se va haciendo más y más pequeña cada año.