El diestro Frascuelo vuelve a torear en Navarra a los 62 años
- El más veterano torero en activo tentó dos vacas de Pérez Escudero en la finca funesina de Hermanos Domínguez
Publicado el 15/03/2011 a las 11:05
El matador de toros madrileño Carlos Escolar Frascuelo, de 62 años, el más veterano de los diestros en activo, volvió a torear en Navarra y lo hizo en la finca funesina El Ontinal, a orillas del río Aragón, donde se cría el ganado bravo de Hermanos Domínguez.
Esta dehesa vivió un fin de semana muy campero. Primero, fue escenario de un herradero de las reses de Pérez Escudero, vacada de procedencia Santa Coloma, línea Saltillo, que estos ganaderos compraron a finales del año pasado. Los hermanos Domínguez, Enrique y Ángel marcaron a fuego setenta añojos, entre machos y hembras, ante un centenar de aficionados, herraje que se llevó a cabo con normalidad y a buen ritmo.
Enrique y Ángel mantienen este hierro desde 1983, año en que lo cedió su padre, José Domínguez, a cuatro de sus hijos. En 1996, Enrique transmitió los derechos ganaderos a su hijo, del mismo nombre, y este otro Enrique, Domínguez Cirauqui, continuó con la ganadería junto con su tío Ángel, quien hace seis años incorporó a su hijo Adrián, Domínguez Martínez. Ambos primos, Enrique y Adrián, dirigieron el tentadero desde el palco de la plaza de tientas. Frascuelo se hizo esperar pero, desde que bajó de su coche, calzando botas camperos y con pañuelo de lunares al cuello, fue pura torería. Habían pasado casi 10 años de su última actuación en Navarra, un festival en la plaza de Olite.
Torería
Sus 62 años de edad no se notaron en el ruedo. Le esperaban los picadores Juan Manuel Sangüesa, de Tudela, y Carlos Monzón, de Zaragoza, que cumplieron su labor con profesionalidad, los matadores de toros Ángel Luis Carmona, de la sevillana Osuna, Daniel Cuevas, de la capital aragonesa, y el becerrista francés Jean Batiste Molas.
En total, se tentaron siete vacas, cinco eralas y dos de siete años, que, en general, dieron buen juego. Muy poco pudo hacer Frascuelo ante su primera vaca, que se desentendió de los engaños. Pero se quitó la espina con la séptima, que embistió con clase por ambos pitones. Con mucha quietud y templado regusto añejo, toreó por derechazos y naturales, bien rematados con los de pecho, y con una muleta, cargada de embrujo, que parecía no moverse por los delicados toques. Muchos aplausos para el veterano espada madrileño, que después presenció la firmeza y poderío del sevillano Carmona, que incluso banderilleó su vaca, de siete años, la elegancia de Cuevas y las buenas maneras del jovencísimo francés Molas.