Opinión
"'Lo fácil es irse', proclamó en tono sentencioso haciendo el gesto entre ladino y frailuno que reserva para sus actuaciones estelares"

Actualizado el 30/10/2026 a las 20:42
Según las convenciones de nuestra cultura, elegir el camino difícil siempre otorga una credencial de virtud. Es lo que debió de considerar Óscar Puente al declarar ante la prensa que iba a hacer oídos sordos a las demandas de dimisión que lo asedian tras la tragedia ferroviaria de Toledo. "Lo fácil es irse", proclamó en tono sentencioso haciendo el gesto entre ladino y frailuno que reserva para sus actuaciones estelares. Esta manera de introducir los argumentos propios y refutar los contrarios tiene la antigüedad del hilo negro, pero no ha perdido eficacia dialéctica.
En sus cuatro modestas sílabas ("Lo fácil es…») anticipa no solo una exclusión tajante de algo, sino la firme defensa de lo contrario. Si aceptamos que lo fácil es dimitir, convendremos en que la balanza moral se inclina por el lado de mantenerse en el puesto, que viene a ser lo difícil. Véase la habilidad con la que en un par de pases queda hecha la faena.
Hay siglos de picardía retórica en esta utilísima frasecilla de arranque que desbarata de un plumazo cualquier posible enmienda. Una vez instalada en el discurso, la fórmula nos conduce a todo un universo de valores nobles asociados con la idea de dificultad. Descartar la dimisión propia es declararse valiente y generoso. Dimitir es anteponer la comodidad al deber. Dimitir es de cobardes. Permanecer en el puesto implica abnegación y gallardía, resiliencia y espíritu deportivo. Dar la espantada es egoísmo y comodidad. ‘Ad astra per aspera’, como reza la divisa latina: hacia las estrellas por el camino de las penalidades.
A ver quién es capaz de desenredar esta madeja de presuposiciones morales acumuladas en torno a una idea embellecida de lo difícil. A fin de cuentas, tampoco la dimisión de Puente tendría más efecto que una vaga sensación de que alguien en alguna parte asume sus responsabilidades. En el código de la política, la decencia sigue siendo un valor digno de tenerse en cuenta.
El caso es que el duelo ha durado poco y de nuevo estamos metidos de hoz y coz en la fase de los relatos. No hay sentimiento de dolor o de piedad capaz de resistir a los arrolladores vientos de campaña que soplan en todas las direcciones. Y no sabemos qué es lo fácil y qué lo difícil: si dejarse arrastrar por ellos o buscar un refugio donde resguardarse durante algún tiempo.