"Si permitimos que el modelo de guerrilla urbana francés cruce nuestros Pirineos, el coste para nuestra convivencia democrática será incalculable"

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Gustavo Galarreta

Actualizado el 25/10/2026 a las 12:12

Como analistas en materia de seguridad, nuestro deber es despojarnos de la retórica política para observar los hechos a través del prisma de las tácticas y las vulnerabilidades del Estado de derecho. 

Los devastadores disturbios que han sacudido a Francia durante el último mes no son una simple explosión de descontento social; representan un desafío asimétrico al orden público y una amenaza directa a la seguridad interna de las democracias europeas, incluida la nuestra.

El balance en el país vecino es propio de un escenario de conflicto de alta intensidad: más de 2.400 detenidos, alrededor de un millar de policías heridos, 2.000 comercios saqueados e instituciones públicas como el Ayuntamiento de Limoges reducidas a cenizas. 

Lo que comenzó como una protesta estudiantil legítima contra las deficiencias del sistema educativo, fue rápidamente secuestrado por minorías radicales. El resultado no es el ejercicio de un derecho democrático, sino una estrategia coordinada de guerrilla urbana y pillaje sistemático.

Desde una perspectiva operativa, los disturbios en Francia confirman una tendencia alarmante: la transnacionalización de las tácticas de agitación. Hoy en día, los grupos radicales de extrema izquierda no operan en compartimentos estancos.

 A través de canales de comunicación encriptados y redes transfronterizas, comparten manuales de guerrilla callejera, técnicas de neutralización del despliegue policial y estrategias de sabotaje de infraestructuras críticas. 

En Europa existe una auténtica “franquicia del caos” que opera por mímesis. Cuando un modelo de desestabilización resulta exitoso en París o Lyon, los grupos radicales del resto del continente toman nota, adaptan las lecciones aprendidas y esperan el catalizador adecuado para replicarlo en sus propios países.

La porosidad de las fronteras en el espacio Schengen no es solo económica o humana; también es una autopista para el contagio de dinámicas subversivas.

El riesgo de contagio en España no debe despacharse como un mero recurso alarmista. En el análisis de riesgos, las intenciones son tan importantes como las capacidades, y en España ya observamos vectores de amenaza latentes. 

Eso lo podemos palpar también en Navarra, con ejemplos recientes de grupos radicales adheridos a la izquierda abertzale tomando las calles y derivas extremas como los grupos de GKS y Jardun.

Cuando desde tribunas institucionales como la Asamblea de Madrid se proclama de forma amenazante que “no va a haber paz en las calles”, se está sembrando el caldo de cultivo perfecto para la violencia.

Estas declaraciones no son inocuas: funcionan como una legitimación discursiva previa de la agitación. Al igual que en Francia el líder de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, se ha dedicado a justificar los disturbios y a culpar exclusivamente a una supuesta “violencia policial”, en España corremos el riesgo de que sectores de la extrema izquierda institucional relativicen el vandalismo para rédito político.

Para cualquier sistema de seguridad, el mayor peligro no es el radical en la calle, sino la quiebra del principio de autoridad desde las propias instituciones. Si las fuerzas de seguridad del Estado son cuestionadas por el poder político mientras los violentos encuentran amparo conceptual, la capacidad de respuesta operativa queda severamente comprometida.

La crisis francesa nos muestra a un gobierno, el de Emmanuel Macron, desbordado por una triple crisis (social, política y económica) e incapaz de imponer el orden por vía de la firmeza, delegando la responsabilidad en los prefectos locales en lugar de decretar medidas contundentes.

Esta parálisis estatal genera un vacío de poder que, lejos de calmar las aguas, alimenta la polarización extrema y da alas a opciones populistas como la de Marine Le Pen.

España debe aprender de este espejo. La seguridad no es un concepto negociable ni una opción política; es la garantía base sobre la que se sustenta la libertad y la economía de una nación. 

Ante la amenaza del mimetismo radical europeo, el Estado español debe responder con tres pilares claros: inteligencia preventiva en redes radicales, respaldo institucional incondicional a las fuerzas de seguridad y tolerancia cero ante las retóricas de agitación. Si permitimos que el modelo de guerrilla urbana francés cruce nuestros Pirineos, el coste para nuestra convivencia democrática será incalculable.

Gustavo Galarreta. Analista en Seguridad y Defensa

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