Opinión
"El enanillo anda preocupado últimamente porque dos de sus amigos le llaman calvo a su papá. O sea, a mí. Y claro, lo lleva mal. Con vergüenza"
Han de saber que soy un calvo convencido y paso de modas. Hace tiempo que aposté todo al nudismo capilar


Publicado el 15/10/2026 a las 05:00
El enanillo anda preocupado últimamente porque dos de sus amigos le llaman calvo a su papá. O sea, a mí. Y claro, lo lleva mal. Con vergüenza. Yo, que luzco la alopecia con el orgullo que pueden ver en la foto de esta columna, le digo que no pasa nada y no me importa. Que me veo genial, no se lo tenga en cuenta y siga jugando con ellos. Pero no. Él les ha hecho la cruz. Y aquí andamos, tratando de reconducir la situación con más mano izquierda que las fuerzas de paz de la ONU. Pero sin el casco azul puesto, que sin pelo está frío de cojones.
Para evitar que la sangre llegue al río he optado por terapia de choque: abrir el viejo sinfonier negro que descansa en el balcón y rescatar uno de esos sobres antiguos de fotos. Ya saben, imágenes borrosas que no alcanzaron la entidad suficiente para pasar a un álbum. Y ahí estamos; mi santa y yo. De jovenzuelos. Ella, luciendo pelazo rizado; yo, con la pelusilla negra que entonces simulaba peinar. La miro, se la enseño y le hago ver que, obviamente, no hay color entre aquel yo acomplejado y este pimpollo actual a medio camino entre Jason Statham y Guardiola.
Porque han de saber que soy un calvo convencido y paso de modas. Hace tiempo que aposté todo al nudismo capilar y a él me entrego con desenfreno y sin rubor alguno. A lo loco, vamos. Hasta me he comprado una maquinilla redonda de esas que te pones en la palma de la mano para practicar el onanismo de la peluquería. Y así me rasuro el cartón estrictamente cada tres días.
Y no crean que este es un tema menor: con mi ejemplo allano el camino a los que vienen detrás en casa. Con el mayor no contamos: tiene el pelo brócoli tan tupido que sospechamos que dentro esconde otro móvil de prepago para sus cuentas B en Instagram. Como en la cárcel. Pero el del medio es mi esperanza. Él lo sabe. Acaricia sus briznas finas y quebradizas y va avisando en la barbería Nor de que le quedan dos telediarios como cliente. Dice que va a ser “un calvito sexy, como su padre”. Lo juro. Y yo le abrazo y le digo que, en adelante, celebraremos juntos todos los octubres el Día Internacional del Calvo.
Hoy la tutora me esperaba a la salida del cole: me cuenta que el enanillo les ha dicho a sus amigos que su papá no es calvo, que tenía pelo pero que se lo cortó de joven porque no le gustaba. Y que está más guapo. Ese es mi chico.