Opinión
Las guerras de Putin

Publicado el 13/10/2026 a las 05:00
El miércoles pasado, Vladimir Putin cumplió 74 años, 26 de los cuales los ha completado gobernando la Federación Rusa y dirigiendo guerras. Cuando llegó al poder, los rusos estaban sumidos en el caos del desmantelamiento de la Unión Soviética y el descalabro económico y social que siguió, por lo que su propuesta de un gobierno firme para lograr una Rusia “libre, fuerte, próspera, civilizada y respetada internacionalmente” fue acogida con entusiasmo. Él era joven, deportista, se presentaba como hombre del pueblo que procedía de la antigua KGB, pero llevaba años en cargos políticos relacionados con la seguridad y prometía una regeneración.
Al principio le fue bien: el país comenzó a recuperarse en lo económico y él decidió alentar el sentimiento patriótico lanzando a sus tropas a la segunda guerra de Chechenia para corregir la humillante derrota de 1996 cuando el presidente era Boris Yeltsin. Le costó 9 años, la muerte de 30.000 civiles y 14.000 soldados, pero en 2009 pudo presentarse ante su gente y decir que Chechenia ya no era independiente, sino que había vuelto a los brazos de Rusia. Con eso demostró lo que iba a ser una norma: no le importaba el tiempo, el número de víctimas o las bajas, con tal de conseguir sus objetivos y mantener a su población con una tensión patriótica encendida. Y eso parecía no molestar a nadie fuera de sus fronteras, mientras se produjera al este de Moscú o en territorios con población musulmana. En 2008 se lanzó contra Georgia para hacerse con la región de Osetia del Sur. En 2009, hizo lo mismo contra la insurrección del emirato del Cáucaso Norte, aunque ya con menos fortuna.
En 2014 volvió la mirada al oeste y decidió invadir Crimea. Lo hizo cuando Rusia estaba en el pico de su popularidad, cuatro días después de la clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, un evento grandioso en el que había echado el resto para quedar bien ante el mundo.
La sorpresa fue tal que, a pesar de que Putin se acababa de saltar la ley que prohíbe la modificación de fronteras por la fuerza, la comunidad internacional decidió condenar el hecho, imponer algunas sanciones y dejar pasar el tiempo.
Pero el objetivo de Putin en Ucrania no se limitaba a Crimea. Los ucranianos lo sabían. Ya en 2004, las intenciones del Kremlin habían quedado claras cuando el candidato europeísta a la presidencia ucraniana, Víktor Yuschenko, tuvo que ser trasladado a toda prisa a Viena, donde los médicos descubrieron que había sido envenenado con una dioxina que sólo podía haber salido de un laboratorio. Era el primero de una lista de adversarios políticos del exagente del KGB, Vladimir Putin, que probó las viejas tácticas del espionaje ruso. Después vinieron las maniobras para instalar y mantener en el poder al pro ruso Yanukóvich que tenía su base electoral precisamente en las regiones del este ucraniano ahora invadidas. El proyecto político fracasó en febrero de 2014. Yanukovich huyó a Moscú y los soldados rusos entraron en Crimea casi inmediatamente. En 2015, Putin acudió en ayuda de su aliado sirio Bashar al Asad, pero tuvo que retirarse en 2024 con una sonada derrota.
En 2022, Putin lanzó la segunda fase de la invasión de Ucrania, anunciando una operación rápida, y en ella sigue. No hay cifras exactas de las víctimas, porque la propaganda las manipula, pero son muy elevadas, en torno a 700.000, según el Centro para Estudios Internacionales y Estratégicos.
La época de los triunfos de Putin ha quedado atrás. Aún puede ir a las urnas y volver a su despacho con el 98% o el 99% de los votos, porque sus oponentes con posibilidades de hacerle sombra están en el exilio, en la cárcel o han muerto en circunstancias sospechosas, como Navalny, pero ya no puede ofrecer a sus votantes victorias militares como la de Chechenia o la de Crimea, sino la muerte de sus soldados. La recuperación económica pertenece al pasado. La guerra ha causado la paralización del crecimiento, una alta inflación, tipos de interés del 14% y escasez de suministro de carburantes debido al bombardeo de refinerías por parte de los ucranianos. Los ciudadanos no se fían de los bancos y prefieren guardar su dinero en metálico. Crece el descontento. Desde hace tiempo, Putin está alimentando un nuevo argumento para encender a sus ciudadanos cansados de tantas batallas: el del victimismo. Rusia está en peligro y hay que defenderla. Y ese peligro ya no viene de los yihadistas del este, como hace tres décadas, sino de los decadentes europeos que han estado ayudando a Ucrania.
No importa que Rusia esté lanzando drones, aviones y llevando a cabo sabotajes contra países de la OTAN. Si alguno de los afectados se atreve a defenderse, ya está declarando la guerra a Rusia, según el argumento de Moscú. En consecuencia, la Rusia de Putin se siente autorizada a eliminar amenazas, invadir territorios, manipular elecciones y asaltar democracias.
El presidente ruso ha dado un paso más y acaba de amenazar con su arsenal nuclear. En eso tiene ventaja si Estados Unidos abandona definitivamente la defensa del continente, como parece que está haciendo. De momento, la amenaza está ligada a la suerte del territorio de Kaliningrado, en la costa del Báltico, que afecta a la seguridad de Los países bálticos, nórdicos y a Polonia, pero eso puede cambiar en cualquier momento. Para Putin, el belicismo, con él al frente de la batalla, es una cuestión de supervivencia. Y ese es el mayor peligro.
Olga Brajnovic es periodista.