Opinión
Personalismo frente a neo-liberalismo

Publicado el 09/10/2026 a las 05:00
Las democracias actuales están condicionadas, cuando no determinadas, por la globalización del capitalismo neo-liberal. Es decir, por un sistema que contempla el bien común en función de un beneficio particular, a expensas de los bienes sociales y comunitarios. Algunos autores, como el profesor Pérez Andreo, autor de La sociedad del escándalo, llaman a esto “corrupción”, pues se trata de romper conjuntamente (co-romper) el bien común en beneficio de un lucro privado. Esa corrupción que se habría socializado entre nosotros en un proceso que lleva, “sensim sine sensu”, a su banalización, aceptándola después sumisa y cotidianamente.
Tras la segunda guerra mundial se suceden los “treinta años gloriosos” (1945-1975), cuando el capitalismo va a tener el mayor auge de todos los tiempos y, a la vez, se imponen las mayores y más eficaces medidas sociales en los países más prósperos de Europa al servicio de la igualdad y de la libertad públicas. En agosto de 1971, Estados Unidos de América, no pudiendo pagar sus compromisos, rompe el vínculo entre el dólar y el oro y permite la libre fluctuación de monedas, exportando su inflación al resto del mundo, mientras Arabia Saudí multiplica por cinco el precio del petróleo. La subida de los tipos de interés, años más tarde, llevará a una espiral de deuda exterior y con ello a la mayor pobreza de los países en desarrollo y de los países del llamado telón de acero.
La caída del muro de Berlín, en 1989, abre paso a la etapa esplendorosa del neo-liberalismo. Libre de rivales y de opositores inmediatos, irá eliminado todas las trabas legales al imperio de los mercados controlados por las corporaciones globales e intentará la privatización sistemática de las empresas públicas y de los sectores socializados como la educación, sanidad y servicios sociales, que pasan en parte o en todo a manos privadas, sobre todo a manos de multinacionales especializadas. La política se convertirá así en la simple gestión de recursos, al modo de una empresa cualquiera. La crisis de 2008 supuso el triunfo de la democracia neoliberal, la victoria de una oligarquía demagógica, que afianza su poder en las sociedades actuales. Podemos definir esta corrupción político-social como “el abuso de poder otorgado para obtener un beneficio privado”. Privatización y apropiación de bienes colectivos, sociales, públicos y comunitarios, por medios múltiples, ilegales y legales: robos, fraudes de todo tipo, sobornos, demagogias, nepotismo, clientelismo, conversión de bienes comunes en fuentes de lucro privado… Y esto dentro de cada partido, de cada gobierno, de cada sociedad, a fin de conseguir no solo dinero y placer, sino poder político y poder social.
Es la deshumanización, de la que habla el papa Francisco en la encíclica “Lodato si´”. Es “la economía que mata”. Es la corrupción basal, la más perniciosa de todas, la que fomenta el egoísmo en la sociedad, la que nos contamina y engaña, aquella que la mayoría de la población no hace nada por eliminar. Es la famosa “servidumbre voluntaria”, una plaga de todos los tiempos.
Si el neo-liberalismo tiene su asiento en un extremado individualismo egoísta, el personalismo - personismo se asienta sobre la persona, que es ser en relación. Relación con el otro concreto. Relación con el otro en cuanto comunidad y sociedad. Relación con lo otro: la naturaleza. Y relación con el Otro transcendente. Y, frente a la destrucción de los bienes comunes, el “comunionismo”, desarrollo pleno de la persona. Todo lo que existe es un bien común, natural o social. Todo está al servicio de todos para el desarrollo de todos. Emmanuel Mounier (1905-1950), el creador y difusor del personalismo, y fundador de la revista “Esprit”, nos enseña, con su vida ejemplar y su enjundiosa obra, que la persona puede recuperar su dignidad purificándose del individuo y liberándose del “desorden establecido”, para devenir el genuino ser encarnado, con libertad para el compromiso, con vocación autónoma, pero llamada a vivir comunitariamente. El hegemónico pragmatismo economicista, las filosofías que niegan el ámbito de lo personal y lo humano, los interminables conflictos bélicos, el empobrecimiento de gran parte de la humanidad, la distancia entre el Norte y el Sur, la distancia entre política y ética… indujeron a Mounier a reclamar presencia y compromiso, porque frente a la dispersión del individuo, la persona es dominio de sí, conquista de sí, pero no para vivir solamente para sí. El primer deber de la persona no es salvarse a sí misma, sino comprometerse en la acción común al servicio de la comunidad, adhiriéndose a personas y valores personales.
Ni comunismo, ni fascismo, un día; ni neo-liberalismo, populismo o integrismo, hoy, la toman en serio, como intentaré ir mostrándolo en próximos artículos.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor.