Opinión
"Nuestra piscina ha muerto en su mejor momento: justo cuando iba a alcanzar la mayoría de edad. Y en casa lo llevamos mal, con pena y cierta angustia"
Uno invierte años en construir justo aquello que después le impedirá estar cinco minutos solo. Como una piscina llena, una familia y un hogar


Publicado el 09/10/2026 a las 05:00
Nuestra piscina ha muerto en su mejor momento: justo cuando iba a alcanzar la mayoría de edad. Pero por culpa del mordisco de una horquilla de pelo olvidada ya nunca podrá soplar las 18 velas ni mecernos de nuevo en sus aguas. Y en casa lo llevamos bastante mal. Con pena y cierta angustia. Porque a estas cosas al final se les coge cariño, que por algo llegó a nuestras vidas cuando aún sólo éramos dos. Como la tele, que esa es otra, y también nos va dando avisos. Y para ese funeral sí que no estamos preparados.
No somos realmente conscientes de la verdadera dimensión de un objeto, de su poder y simbolismo, hasta que de pronto desaparece. Puf. Se esfuma. Nos ha pasado con la piscina. Para nosotros, viniendo ambos de pueblo y familias humildes, habitar una casa con jardín y piscina era el culmen del ascensor social. El ejemplo tangible de que esforzarse tenía premio, algo impensable hoy tal y como están las cosas. Y daba igual si apenas la usabas al principio, o lo engorroso que era su mantenimiento, bastaba con gozarla un bochornoso día de verano para darla por bien amortizada.
Miro el que fue su lugar y me sorprendo de lo pequeño que parece ahora ese círculo a la izquierda del jardín, con la hierba artificial aplastada y más verde que el resto. De forma casi inconsciente me tumbo, recorro despacio con los dedos los surcos aún mojados que ha dejado y viajo al día en que la trajeron a casa. Llovía. También al del primer baño. A las mañanas de junio poniéndola a punto con el bueno de Cruz y a las noches de cervezas de agosto con Mila. Visualizo las barbacoas con amigos, las tardes de tumbona a su sombra o las horas invertidas en enseñar a flotar a nuestros hijos. A los tres.
La piscina, como la casa, con el tiempo se ha ido llenando de vida y anécdotas. En su última etapa incluso ha sumado historias ajenas, las de nuestros hijos y sus cuadrillas, que ya mayores la han hecho suya. Me pongo de pie despacio y sonrío pensando en la paradoja: para evitar el silencio, uno invierte años en construir justo aquello que después le impedirá estar cinco minutos solo. Como una piscina llena. Una familia. O una casa abarrotada con bolsos, zapatillas y juguetes tirados por las esquinas. Un hogar de desayunos apresurados, risas, duchas rápidas, besos robados y cenas sin prisa. Al final, ya terminado el sepelio mental, me despido de ella agradecido y al entrar al salón voy corriendo al ordenador. Directo a la sección de piscinas de Amazon. Y... ¡ding, ding!: habemus ofertas.