Editorial
Frustración sin autocrítica
La última rendición de cuentas de la legislatura desnuda a un Gobierno foral pagado de sí mismo y con nula asunción de responsabilidades pese al fracaso de su gestión en Salud, Educación o Belate

Publicado el 25/09/2026 a las 05:00
La Navarra que este jueves dibujó la presidenta María Chivite desde la tribuna de oradores del Parlamento foral no es la misma que respira y anda por nuestras calles. Esa tierra que madruga cada día para levantar la persiana del negocio o la que se desespera ante el deterioro de algunos servicios públicos. Nada nuevo, por otro parte. Tiempo ha que el debate sobre el estado de la Comunidad foral se alejó irremediablemente de la realidad de los navarros, una ciudadanía ahuyentada de sus instituciones por culpa de la polarización insufrible que emana de la clase política gobernante.
En la última rendición de cuentas de la legislatura, María Chivite volvió a desaprovechar la oportunidad de realizar un balance sincero y transparente de estos últimos cuatro años de gestión del Ejecutivo que lidera. Y eso que tuvo todo el tiempo del mundo. Sin embargo, su hora y tres cuartos de discurso apretujado y autocomplaciente apenas reservó espacio para la autocrítica. Todo fue bombo hacia sus propias filas y palos para la “inacción de gobiernos anteriores”, una oposición, por cierto, que lleva ya doce años fuera del Palacio de Navarra.
No se trata de dar una visión apocalíptica de Navarra, pero si la presidenta hubiera salido al Paseo de Sarasate y preguntado al primer ciudadano con el que se cruzara por sus preocupaciones, seguramente hubieran aflorado estas tres: educación, sanidad y corrupción. De la primera, tras el desastre de PISA, el Gobierno se empeña en quitarse responsabilidad y señalar a otros, como el consejero Gimeno apuntando a las familias.
De la segunda, la “frustración” que dijo sentir Chivite por las listas de espera se queda casi en chiste, un mero aspaviento dialéctico ante el drama de 68.000 personas aguardando a ser atendidas por el especialista, un nefasto problema en máximos enquistado desde hace tres legislaturas. Pero la tercera es la de traca; la bochornosa gestión de los túneles de Belate, hoy paralizada, que lleva dos años bajo la sombra hedionda de Servinabar, Cerdán y compañía. Tampoco el Gobierno se siente ahí interpelado.
El Ejecutivo de Chivite ha tenido todo en su mano para dejar impronta en esta tierra: mayoría, estabilidad parlamentaria y presupuestos de récord tras el pacto anti natura con Bildu. Y todo lo ha derrochado al fiarlo a su supervivencia, el seguidismo del relato sanchista y un frío desdén hacia lo que sí demandan los navarros: seguridad y servicios de calidad en un presente incierto.