Opinión

"Para que nadie se quedara atrás hemos ido más despacio, hemos bajado la dificultad y hemos facilitado los aprobados. Resultado: nos estamos quedando atrás todos"

"En PISA 2015 Navarra era primera de España en matemáticas y tercera en lectura y ciencias. Diez años después hemos perdido 57 puntos en Matemáticas, 73 en Lectura y 40 en Ciencias, situándonos entre las comunidades que más han empeorado"

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Álvaro Bañón

Publicado el 09/09/2026 a las 18:03

Llevo veinte años dando clase en la universidad, tanto en centros públicos como privados. Es tiempo suficiente para haber visto pasar a unos cuantos miles de alumnos por delante y, sobre todo, para observar una evolución que me preocupa mucho. Cada vez exigimos menos en la enseñanza secundaria. Lo hemos hecho, además, con las mejores intenciones y acompañado de uno de esos lemas cursis que tanto nos gustan: “Que no quede nadie atrás”. Pues hemos conseguido algo extraordinario. Para que nadie se quedara atrás hemos ido más despacio, hemos bajado la dificultad y hemos facilitado los aprobados. Resultado: nos estamos quedando atrás todos. PISA 2025 acaba de volver a sacarnos los colores. España está por debajo de la media de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Y respecto a 2015 el porcentaje de alumnos que no alcanza el nivel mínimo ha aumentado 11 puntos en matemáticas, 15 en lectura y 6 en ciencias. Y en Navarra tampoco podemos recurrir a la socorrida excusa de que falta dinero. 

En 2015 el presupuesto de Educación rondaba los 577 millones de euros. En 2026 supera los 950 millones. Un 65% más. ¿Resultado? En PISA 2015 Navarra era primera de España en matemáticas y tercera en lectura y ciencias. Diez años después hemos perdido 57 puntos en Matemáticas, 73 en Lectura y 40 en Ciencias, situándonos entre las comunidades que más han empeorado. Las puntuaciones son las peores de toda la serie histórica, nunca hemos estado tan mal. Así que no, una vez más echar más dinero sobre un problema no necesariamente lo soluciona. Porque ¿qué clase de examen es ese como la EVAU en la que aprueba un 95% de los alumnos? ¿A quién pretendemos engañar? ¿A nosotros mismos? Pero lo peor de esta historia es que esa supuesta igualación perjudica precisamente a quienes pretendía proteger. Pensemos en dos chavales. Uno nace en una familia acomodada. Si el colegio no le enseña suficiente inglés, sus padres pagan una academia. Si necesita refuerzo, profesor particular. Puede estudiar un año en Estados Unidos, pasar los veranos en Irlanda y después hacer un máster en Londres. El otro no puede. Para ese segundo chaval, el ascensor social se llama educación. 

Una educación pública muy exigente que le obligue a estudiar, le enseñe inglés, matemáticas, historia y a escribir correctamente y que, si es bueno y se esfuerza, le permita competir con el primero mediante becas ligadas al resultado y esfuerzo. Las becas han de ser muy generosas pero también muy selectivas. Pues a ese precisamente le estamos haciendo la faena. Porque hemos confundido igualdad de oportunidades con igualdad de resultados. Y para conseguir que los resultados se parezcan hemos encontrado una solución fantástica: bajar el listón. Nos hemos cargado así una de las cosas más importantes que puede ofrecer una sociedad a quien nace sin dinero: la meritocracia. Y aquí los padres tenemos mucha culpa. Porque durante años hemos presionado en la misma dirección. Si nuestro hijo suspende, antes preguntábamos al niño qué había hecho. Ahora pedimos una tutoría para preguntar al profesor qué ha hecho él. Protestamos por los deberes, por los exámenes difíciles, por las notas bajas y porque “está muy agobiado”. Podemos seguir echando dinero sobre el problema o podemos recuperar algunas palabras bastante antiguas: estudiar. Esfuerzo. Suspenso. Mérito. Exigencia. En casa y en el cole. No son palabras reaccionarias. Especialmente para el que no tiene dinero, pueden ser su mejor oportunidad.

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