Opinión
"Para empaquetar aquel monstruo hacía falta un despliegue de herramientas de cirujano que no tenía en casa. Atrapado y sin salida, claudicó"

Publicado el 31/08/2026 a las 18:08
Me crucé con él en la cola de devoluciones de un templo del bricolaje. Estaba dos turnos por delante, custodiando un bulto que acaparaba las miradas. Manuel —llamémosle así— me contó su drama. Había instalado un ventilador de techo, un transatlántico con luz LED y diseño vanguardista cuyas aspas, programadas para plegarse con elegancia futurista, empezaron a desencajarse a la semana. El mecanismo gripó y Manuel decidió devolver el artefacto por donde había venido. Al llamar al comercio, una voz robótica le soltó: "Traiga el aparato desmontado y en su embalaje original". ¡El embalaje original! Esa ingeniería inversa que pretende que un mortal corriente vuelva a encajar tres kilos de plástico, cableado y metal en una caja donde no cabrían ni las velas de una tarta de cumpleaños. Ahí chocó Manuel con la cruda realidad: para empaquetar aquel monstruo hacía falta un despliegue de herramientas de cirujano que no tenía en casa. Atrapado y sin salida, claudicó. Agarró la caja, embutió el trasto a empujones con las aspas asomando como las patas de un centollo moribundo y, a falta de precinto, trinchó el fardo con una soga de esparto. Aquello ya no era una devolución: era un hato de posguerra. El típico bulto que traían las abuelas en el coche de línea de La Tafallesa en los cincuenta, cuando viajaban con la gallina viva y el manojo de acelgas amarrado al equipaje.
Llegó su turno y presencié la escena. Empujó el paquete hacia el mostrador. Al otro lado, una empleada lo miró con la ceja en el techo.
—Mire, caballero, es que así no se lo puedo recoger —le soltó—. El protocolo exige que venga pieza por pieza en su caja original. El hombre, con la mirada de quien sabe que lleva las de perder, tiró de esa humildad que transforma la resistencia.
—Señora —le dijo—, yo no tengo ni habilidad, ni herramientas para desarmar este aparato. Bastante he hecho con meterlo ahí dentro. No me pida milagros.
Eso la enterneció. La empleada miró aquello y suspiró. El ventilador se quedó en la tienda como homenaje a la derrota del hombre de a pie frente al imperio del bricolaje. Mientras le devolvía el dinero, en un susurro confesó:
—Yo soy incapaz de meter semejante armatoste en la caja.
La empleada entonces me miró. Sentí un sudor frío. Yo era el siguiente. También en mi caja asomaba un fardo, indomable, con patas de bogavante apuntando al cielo.