Opinión

Vecinos de Paz, la memoria frente al olvido y los ecos del Mundial

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Jose Miguel Iriberri

Publicado el 29/08/2026 a las 05:00

Consuelo denunciaba recientemente que “un verano más, la izquierda abertzale se apropia de los espacios festivos para blanquear a los terroristas de ETA, reclamar su impunidad y transmitir a las nuevas generaciones una visión completamente distorsionada de nuestra historia reciente”. “Y el mensaje que se difunde -añadía la presidenta de Covite- es que quienes asesinaron, hirieron, secuestraron, extorsionaron y amenazaron durante décadas fueron víctimas de una injusticia y no responsables de gravísimos delitos de terrorismo”.

La voz de las víctimas es la voz del dolor, pero también de la determinación en el recuerdo, como si el tiempo se hubiera estancado en una fecha. Y, en parte, es así: la vida sigue, pero de otra manera. El pasado día 9, el colectivo Vecinos de Paz -y de memoria pacífica-, recordaba en Berriozar a Francisco Casanova, militar, vecino del pueblo, asesinado a tiros en la puerta de su casa, en 2000. En la línea de Covite, Maribel Vals, de Vecinos de Paz, y Rosalía Saiz, viuda de Casanova, se mostraron indignadas ante el intento de pasar página, sembrar el olvido y blanquear la historia para blanquear a una banda terrorista.

El olvido en marcha: como si nada hubiera ocurrido hace 26 años, o unas pocas semanas antes, en el mismo Berriozar, cuando unos encapuchados apalearon literalmente a un grupo de militares que seguían la final del Mundial en la terraza de un bar. Una salvajada.

Ya saben el resultado del partido. Y las audiencias millonarias de la tele, tan históricas como las multitudinarias celebraciones de la gente en las calles. ¿Se veía venir el triunfo de la selección española? Lo vieron, desde luego, y bien a su pesar, los que llevaban semanas entonando el “puta España, puta selección”. Lo clavaron. Merino (ay, Merino), de aquí mismo, Oyarzabal, de aquí cerca, y la compañía, desde luego todos de España, golearon hasta volver a casa con el trofeo en la mano para encender la mecha de las celebraciones.

Quedaba la interpretación del apaleamiento. La disyuntiva entre “rechazar” y “condenar”. Las acepciones de cada voz en los diccionarios llevarían años de debate. Más allá de 2030, el año del próximo Mundial, cuando tiemblen de nuevo los que temblaron el pasado julio ante la que vieron venir y finalmente llegó: el gol de oro. Para lo que se cuestiona entre rechazar y condenar sobra la semántica.

Basta con recordar las votaciones registradas durante los años de plomo en las instituciones representativas. Desde HB y sucesores podían llegar a lamentar las consecuencias del atentado, pero no a condenarlo. De qué, si las víctimas eran para ellos imputables al “conflicto” y los terroristas unos sacrificados combatientes por la liberación nacional. No apoyaron un comunicado de condena ni siquiera en el pleno municipal de Pamplona, cuando ETA asesinó a Tomás Caballero, vecino del mismo salón consistorial. UPN podía haber condenado entonces, además del crimen, el rechazo de la condena.

José Miguel Iriberri es periodista.

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