Opinión
Drones, portaaviones y el rey de los leones

Publicado el 24/08/2026 a las 05:00
El fin de semana pasado, dos F-18 españoles interceptaron un dron ruso sobre Rumanía. Ya se han contabilizado más de 100 violaciones del espacio aéreo de la OTAN desde que empezó la invasión de Ucrania en 2022, la mayor parte en el último año y medio, desde la toma de posesión de Donald Trump y su anuncio de que iba a dejar a los europeos que se defendieran solos frente a las ambiciones de Putin.
Un tercio de esos incidentes se han producido en Rumanía, que tiene frontera con el frente más activo de la guerra. Otros pertenecen a las ambiciones imperiales o la nostalgia soviética del Kremlin, como Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, y Polonia. Pero los drones rusos también han alcanzado otros países muy alejados del campo de batalla como Croacia, Alemania, Holanda, Francia o Dinamarca. Europa se ha defendido y, en ocasiones, ha protestado.
En Moscú, Putin utiliza un lenguaje agresivo y asegura que los países europeos han declarado la guerra a Rusia al ponerse del lado de Ucrania en el conflicto, por lo que no tienen de qué quejarse.
Antes de que Trump llegara al poder, el presidente ruso estaba aislado y sancionado internacionalmente por violar un principio internacional protegido por la ONU: había invadido un país independiente para modificar sus fronteras por la fuerza. Ponerse del lado de Ucrania era defender ese principio, mientras que ponerse del lado de Rusia era dar carta blanca a las guerras por disputas territoriales que podrían hacer saltar por los aires lo que queda de paz en el mundo.
Llegó Trump al poder y empezó a hablar de ambiciones territoriales bastante más escandalosas: Canadá, Groenlandia, Venezuela, el Canal de Panamá, posiblemente Cuba y ahora el estrecho de Ormuz. Incluso invitó a Putin a Alaska, con alfombra roja incluida, y le dejó seguir con su guerra.
En Estados Unidos, Donald Trump se había lanzado a una campaña de propaganda con la técnica de la repetición del anuncio, de manera que, lo que al principio parecía una barbaridad propia de una mente enferma, se convirtió para sus seguidores en una “genialidad” no carente de “lógica”, de modo que la gente se acostumbró a oír hablar de la compra o anexión de territorios soberanos por razones de rentabilidad económica, como la explotación de minerales raros o del petróleo, o el control de rutas marítimas, como el derecho del país “más potente del mundo”.
Pero para llevar a cabo los planes grandiosos hacen falta personas que necesitan cosas tan básicas como comer, dormir, beber agua y asearse para sobrevivir. Trump fue a la guerra contra Irán en febrero convencido de que iba a ser cuestión de semanas y lleva medio año sin haber podido declarar victoria ni arrebatar a los iraníes el control del estrecho de Ormuz con el que el régimen de los ayatolás mantiene como rehenes a los habitantes de todo el mundo, haciéndoles pagar más dinero por la gasolina, los fertilizantes, los plásticos y todo lo que se deriva de esos productos.
En los primeros días de la guerra, los misiles iraníes destruyeron una enorme base militar en Baréin que se encargaba de la intendencia de las tropas norteamericanas en todo Oriente Medio, algo que el Pentágono mantuvo en secreto. Desde entonces, la poderosa máquina militar estadounidense quedó muy debilitada, porque tenía muchos problemas para alimentar y abastecer a miles de personas que operan sus portaviones, destructores y bases de la región.
Estados Unidos tuvo que pedir ayuda, pero se encontró con que no tenía puertas a las que llamar, porque sus aliados tradicionales se habían sentido traicionados por Trump, que se lanzó a la guerra sin contar con ellos ni avisar, poniendo en peligro sus intereses, y no había perdido ocasión para insultarles y menospreciarles. La mayoría no permitió el uso de sus bases. Al final, después de tiras y aflojas, Gran Bretaña accedió a echar una mano desde la base de Diego García, en el Océano Índico.
En el portaviones Abraham Lincoln, desplegado en las proximidades del estrecho con 5.000 efectivos a bordo, hubo recientemente intentos de suicidio por la falta de alimentos y problemas sanitarios y de higiene. El asunto llegó a la opinión pública. Ahora, esa nave vuelve a puerto y le sustituye el George Washington que estaba cerca de Japón.
El movimiento deja por primera vez sin la presencia de un portaviones a la zona de Asia desde 1974, justo cuando China está dando señales amenazadoras hacia Taiwán y Corea del Norte amenaza a Corea del Sur y Japón. Al mismo tiempo, Donald Trump ha dado la orden de reducir el volumen de las maniobras militares anuales con Corea del Sur porque le parecen una “falta de respeto” al dictador de Corea del Norte, Kim Jong Un, que es amigo suyo y “siempre se ha portado muy bien” con él.
Trump confirma así que prefiere repartirse el mundo con sus amigos, los dirigentes que conoció hace diez años, cuando fue elegido por primera vez, y que se mantienen en el poder porque todos ellos son dictadores (el chino Xi, el norcoreano Kim Jong Un y el ruso Putin). Desconfía de los aliados tradicionales de Estados Unidos, cuyos dirigentes le son desconocidos, porque provienen de países democráticos donde se celebran elecciones y se renuevan los mandatos. Esa experiencia personal parece estar por encima de la lealtad a las alianzas internacionales que su país ha firmado y del cumplimiento de las leyes que rigen el mundo. Ha dicho muchas veces que la única ley válida es la ley de la selva y allí él es el león. Claro que cuando se desatan las fuerzas de la naturaleza, nunca se sabe quién puede ser más peligroso.
Olga Brajnovic es periodista.