Opinión
El obispo que no creía en brujas

Publicado el 23/08/2026 a las 05:00
En varios pueblos de la Navarra septentrional, sobre todo en las fiestas de agosto, las “brujas” son todavía un elemento del folclore local. Todos sabemos que desde comienzos del siglo XIV en Irlanda hasta la última ejecución de una mujer en Glaris (Suiza), en junio de 1782, la caza y la quema de “brujas” fue una plaga, sobre todo en la Europa central, llevada a cabo mayormente por tribunales civiles y también por la Inquisición Romana: pobres mujeres que practicaban medicinas caseras, brebajes, adivinación o magia, o simplemente eran perseguidas por su conducta sexual o social.
Más cerca de nosotros está el célebre proceso de la Inquisición de Castilla en Logroño, los días 7 y 8 de noviembre 1610, que quemó 11 víctimas navarras (6 en vivo y 5 en efigie). Sabemos también que el tercero de aquellos inquisidores del tribunal, Alonso de Salazar y Frías, llevó a cabo una detallada investigación en la Montaña navarra, el verano del año siguiente, y concluyó que no había tales “brujas”, lo que frenó su persecución entre nosotros. Menos conocido es que el obispo de Pamplona, Antonio Venegas y Figueroa (1606-1612), madrileño, hijo del embajador de Felipe II en Alemania, licenciado en cánones por Salamanca, canónigo de Toledo, del Consejo Superior de la Inquisición desde 1600 a 1606, y amigo íntimo de Salazar, nunca creyó en “brujas” y fue decisivo para que los demás dejaran de creer en ellas.
Por aquel tiempo el reino estaba lleno de supersticiones. En Berriosuso y otros pueblos se hizo famoso el saludador natural de Irujo, Miguel López de Ilurdoz, quien en la peste que hacía estragos en bueyes, cerdos y mastines, curó con su bendición a muchos animales. Fue reconocido por otro saludador profesional de Estella, Juan de Leorín, al descubrir bajo la lengua de Ilúrdoz una especie de rueda, llamada de Santa Catalina, señal cierta del genuino saludador. Ilúrdoz tuvo no solo la licencia sino el certificado oficial de saludador, impartido por el vicario general del obispo Venegas, castigando con la pena de excomunión a quien impidiera el ejercicio de su oficio.
El 7 de diciembre de 1608, el Santo Oficio inició una investigación sobre la brujas en Zugarramurdi, Urdax y Cinco Villas. Cuando Venegas se enteró de la operación montada por el tribunal de Logroño, salió a visitar esa misma zona y en ella estuvo varios meses. En Echalar el párroco y los beneficiarios del lugar, junto a los acompañantes del obispo, defendieron que las brujas eran “cosa de risa, invenciones y levantamientos”. Y desde Lesaca comunicó al tribunal la conclusión de que el fenómeno brujeril se basaba en “embustes e ilusiones”.
Vuelto a Pamplona en marzo de 1610, envió a las Cinco Villas un grupo de jesuitas y franciscanos vizcaínos. Los jesuitas fueron los más escépticos sobre el brujerío. El obispo pasó cerca de Logroño poco antes del auto de fe pero no se dignó visitar a los inquisidores, y rechazó repetidas veces la invitación al mismo. Tras el auto de fe, el inquisidor general de España, Bernardo de Rojas y Sandoval, ex obispo de Pamplona, quiso conocer las opiniones de los obispos de Pamplona y Calahorra, amén de otras personalidades. El obispo Venegas le escribió dos cartas, seguidas de un riguroso informe. En ellas pondera el mal ejemplo próximo de Francia y que lo más de este negocio “es ficción e ilusión mucho dello y levantamiento, nacido de muchachos y de gente ignorante…”. En el informe pide el envío de jueces independientes y el castigo de los muchos culpables, lo que tocaba al Consejo Real. Su actuación fue decisiva para la “conversión” de Salazar o de Martín de Irisarri, rector de Yanci, “el hombre más docto de la tierra”.
Víctor Manuel Arbeloa es escritor.