Opinión

"El otro día mi hija me puso en brazos a una niña de apenas una semana. Me pareció que esbozaba una media sonrisa de 'te tengo fichado, pero no sé de qué”

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Jose Murugarren

Actualizado el 17/08/2026 a las 19:27

El otro día mi hija me puso en brazos a una niña de apenas una semana. Carita de ángel. Me pareció que esbozaba una media sonrisa de “te tengo fichado, pero no sé de qué”. Yo pensé lo mismo. Nos quedamos suspendidos en el tiempo. A los tres segundos, el estómago se me comprimió: esa cría era yo. Ni trampa ni cartón. 

A la luz de su rostro descubrí mis propias ojeras; mi niña era mi espejo y era yo mismo hace una eternidad. Y pensé que vivimos sumando inviernos y descubrimos de repente el mundo por primera vez a través de unos ojos que se estrenan. 

Me entraron ganas de abrazarla despacito, y lo hice; de estrechar esas manitas de ganchillo con olor a piel nueva, sintiendo su fragilidad. Quise desearle, muy hacia dentro, que esté atenta cuando le toque salir ahí fuera; que se empape de la luz, exprima la vida, saboree los amores limpios, los descubrimientos que ensanchan el pecho y la certeza de que siempre hay algo hermoso si sabes cómo mirar. Que no tenga prisa por crecer.

Pero no le solté ningún mitin, claro. Qué ridículo. Qué abuelo Cebolleta. Uno no va por ahí asaltando la inocencia de un recién nacido con discursos existenciales mientras su madre te mira exhausta desde el sofá, rogando que no te pongas pesado. Sostuve el bultito con cuidado y me miré de reojo en el reflejo de la ventana. Yo era su versión más gastada. 

Un tipo con su mochila de recuerdos, batallas y naufragios, pero con la certeza de que todo había merecido la pena por estar ahí. La niña y yo compartimos la expresión, idéntica mirada y esa manía de apoyar la mano sobre la barbilla o la nariz. Sé que no todo el mundo ve el parecido, pero la culpa es del espejo: ese traidor que trabaja para que se resistan a reconocer mi sonrisa en mi nieta. 

Los bebés no se parecen a los padres. Son una foto de sus abuelos. No es una ocurrencia mía. Es de José Luis Sampedro en 'La sonrisa etrusca'. Hay que leer a los que saben. Los padres sostienen la buena educación y el orden establecido; los abuelos hemos venido a reivindicar el parecido y a liderar la revolución de los caprichos. Juraría que la niña ha sonreído cuando se lo he dicho. O es una alucinación mía. No sé. Hoy cumple dos semanas.

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