Opinión

Vacaciones: ¿prueba de fuego para convivir?

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Luis Landa

Publicado el 16/08/2026 a las 05:00

Se dice que los amores de verano son romances pasajeros que nacen en el período estival. La novedad, el buen clima y el tiempo libre son elementos fundamentales para que suban las hormonas, en especial la dopamina, que desarrolla la emoción de manera precipitada, pero aparece y desaparece como una ola del mar. Pero también es una prueba de fuego para matrimonios, parejas y novios que planifican durante todo el año las vacaciones, que puede desembocar en algo positivo o en desencuentro. Decía el Nobel de Literatura, Steinbeck, que “el arte del descanso es una parte del arte de trabajar”.

Iniciamos el periplo veraniego llenando el coche de ilusiones y maletas, atravesamos autopistas, recorremos km bajo un sol de justicia y soñamos con sombrilla y tumbona en la playa, un chiringuito con pescaitos, y un apartamento de 40 m2 en el que apenas podemos respirar y movernos. Aspiramos a que el desgaste sufrido durante la temporada en nuestra casa habitual se distancie, deseche la monotonía e iniciemos un segundo romance junto al mar, libre de problemas. Pero puede suceder que se descubra lo que estaba encubierto, ya que la rutina, el agobio del empleo, los madrugones, la comida rápida, el ordenador y el móvil hayan alejado el diálogo y el inicial embrujo del amor y se vean como extraños. Han aumentado los momentos de silencio y se ha transformado el día a día en rutinario, aburrido, incluso tedioso. En fin, una ficción de pareja, aparentemente armónica.

Por eso, de repente, ambos se pueden encontrar a 500 kilómetros del domicilio, en el mini-apartamento con una futura convivencia de 24 horas de cada uno de los 15 días. Además solos, a más de 300, sin amigos para desahogarte, en un aparente nidito del amor.

Al desayunar, ambos junto al mar, extraña el modo de absorber el café, de partir las nueces o de comerse la naranja. Se detectan manías que no se habían observado durante años. Bajada a la playa, reposo en la tumbona, y el silencio y el celular alargan los interminables días de vida en común. Durante la inagotable quincena veraniega se descubre que se ha compartido piso en tu ciudad habitual con una persona extraña; al fin ha saltado por los aires la máscara y solo se aprecia una mujer y un hombre, obligados a pagar la hipoteca del piso. Soledad por un lado y soledad por la otra. Nada que contar ni nada que compartir. ¿Aparente convivencia?

El anhelo de compartir días de vacaciones se puede convertir en reforzamiento o ruptura, porque se aprecia que la costumbre, el desgaste emocional y los horarios no coincidentes en el empleo hacen de la pareja una cohabitación nada real. Por eso en el mes post-estival se produce un 40% más de divorcios. En Navarra, en 2025, una de cada tres rupturas se produjo en parejas con más de 15 años de convivencia; concretamente 289 parejas de las 987 disoluciones. Como dice la psicóloga Malnero en Cariño, vamos a llevarnos bien: “Las vacaciones son propicias para reflexionar y revisar conductas en la pareja, pero también se descubren realidades que nos hacen romper la relación. Agosto, el mes de la renovación de promesas o la guillotina del amor”.

Luis Landa el Busto. Escritor e historiador.

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