Opinión
Celestial

Publicado el 14/08/2026 a las 05:00
Samanta Harvey escribe en su libro “Orbital” las sensaciones de seis astronautas que se encuentran en una misión rutinaria de la Estación Espacial Internacional. Destacan dos características muy particulares: el discurrir de los pensamientos de los personajes y la descripción detallada de nuestro querido planeta en términos geográficos, naturales y espaciales. “Al cabo de una semana más o menos de maravillarse con las ciudades, los sentidos empiezan a cobrar amplitud y profundidad, y es la Tierra bajo la luz del día lo que les llena de amor. La sencillez, libre de humanidad, de la tierra y el mar. La manera en que el planeta parece respirar, un animal en sí y para sí”. De la inmensidad de mensajes que deja la obra, nos quedamos con tres.
“Cada remolino rojo o fluorescente de algas en las aguas contaminadas, sobreexplotadas y cada vez más cálidas se debe en gran medida a la mano de la política y de las decisiones humanas”. Llevamos mucho tiempo obsesionados por acumular y tener más, y aunque eso conduce a la ruina usamos dos salvaguardas mentales para quedarnos tranquilos: confianza en la tecnología futura y que siempre estamos en el presente. Estamos en alerta pero no hacemos nada, “total lo que yo haga cuenta poco”.
“Existimos ahora en una fugaz floración de vida y saber, un frenesí del ser que dura lo que un chasquido de dedos, y punto. Este veraniego estallido de vida es más bomba que brote. Estos tiempos fecundos pasan rápido”. Vivimos como si fuésemos a estar toda la eternidad en nuestro planeta y no es así. Para comprender la idea, vamos a dar los datos de dos formas complementarias. Si nos dicen que el Universo tiene 13.800 millones de años, nos quedamos como si nada: nuestro cerebro no estará preparado para comprender la magnitud de ese número. Si nos dicen que el Universo tiene un año y que “Buda llegó a seis segundos de la media noche del 31 de diciembre, medio segundo después llegaron los dioses hindúes, otro medio segundo y vino Cristo, y al cabo de un segundo y medio, Alá”, quizás podamos ganar algo de humildad.
“Hay quien consigue, por un inexplicable milagro del ser, simplificar su vida interior para que el mundo que le rodea pueda ser ambicioso e ilimitado. Esas personas pueden cambiar una casa por una nave espacial, un campo por el Universo”. Tenemos olvidado el trabajo de nuestro yo interior, lo cual influye en la epidemia de enfermedades mentales que estamos sufriendo. Veamos dos factores explicativos.
El cerebro tiene una inteligencia no lógica que no es arbitraria: tiene como objetivo saber manejar la aleatoriedad y la incertidumbre (ausencia de lógica; es la fuente de la creatividad) y los errores (lo contrario de la lógica; sirve para estar alerta ante posibles amenazas rigiéndose por emociones y sesgos cognitivos). Angus Fletcher comenta esta idea en su libro Inteligencia Primitiva. Eres más inteligente de lo que crees, donde expone los factores que permiten trabajar este tipo de inteligencia: la intuición, la imaginación, las emociones y el sentido común.
El sistema educativo no nos enseña a manejar este tipo de inteligencia; está más “preocupado” por aumentar la rigidez ideológica, la ansiedad improductiva, la sumisión a la autoridad y el pensamiento. Así se reduce la independencia personal y la adaptabilidad al medio. Primera clave: poco desarrollo de nuestra inteligencia primitiva.
El factor cultural lo explica la periodista turca Ece Temelkurán: “Nos han enseñado que el yo es algo que debemos proteger constantemente cuidar y situar en el centro de todo. Pero, en realidad, el yo es la carga más pesada que existe, y todos necesitamos a otra persona que nos ayude a llevarla. No somos seres egoístas, como dice el sistema dominante. Al contrario, somos seres capaces de desprendernos de nosotros mismos, y es así como sobrevivimos y seguimos siendo humanos durante el proceso. La gran pregunta de nuestro tiempo es cómo colocar esta verdad en la corazón de una política auténtica”. Segunda clave: poco sentido de comunidad.
Claro que todavía podemos subir un nivel más: nos vamos a las ideas reflejadas en un discurso del hermano Guy Consolmagano, director del Observatorio Vaticano, cuyo propósito es comprender cómo la Ciencia y la fe religiosa pueden convivir en armonía. “La vastedad del cosmos y las preguntas que despierta forman parte de lo que somos. Esas preguntas son tan necesarias como el pan, porque alimentan el alma. Son, en sentido estricto, sustento espiritual”.
El 12 de agosto, eclipse. Los debates fueron los habituales: ¿Dónde puede verse mejor? ¿Cómo sacar las fotos para compartirlas después con los amigos? ¿Merece la pena contratar una cena en una bodega o restaurante con vistas? ¿Qué llevamos para merendar en el monte? ¿Cervezas y bocatas? Podemos plantear otras preguntas de interés: ¿de dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Existen otras dimensiones espirituales? ¿Qué pintamos en la inmensidad del espacio y el tiempo? Las respuestas, después de tomar las cervezas.
Cuando brillen las estrellas en todo su esplendor.
Javier Otazu Ojer. Economía de la conducta. UNED de Tudela.