Opinión
"Cada mañana y cada tarde mi hijo baja a casa del abuelo, su surtidor particular de azadas, hacha, martillo y clavos, y yo finjo escandalizarme, pero no puedo disimular la sonrisa"
Veo que, por suerte, construir una cabaña, esa manera tan básica de imaginar y de estar juntos en el mundo, aún no se ha perdido del todo.


Publicado el 13/08/2026 a las 07:46
Hubo un tiempo en el que yo también fui joven y lo tenía todo: familia, amigos, un pueblo y un verano eterno por descubrir. Fue una época, entre los 8 y los 14 años, en la que el súmmum de la felicidad era jugar a la guerra con pistolas de plástico, bañarme en la piscina, despellejarme las rodillas con el patinete y dar patadas al balón agarrado a un bocata de chorizo. A veces, todo en el mismo día. Siempre en la calle y rodeado de risas compartidas. Por supuesto, también había tiempo para devorar a Tintín, partirse de risa leyendo El pequeño Nicolás o fundirse la paga en chicles boomer y Shiki Shin, la mítica bolsa amarilla de patatas que llamábamos ‘comida china’. Eso era el verano. Pero había más. La guinda estival. El proyecto que daba continuidad y sentido a las vacaciones: construir una cabaña.
Nosotros las tuvimos de todos los colores: desde estructuras entre árboles que los primos hacíamos pasar por una tienda de chucherías en lo más alto de Isaba a una con jacuzzi en las antiguas huertas de Noáin. Que menudo agujero cavamos entonces. Para habernos matado. Con herramientas debidamente robadas de trasteros paternos, he de añadir.
Y ahora veo que, por suerte, esa manera tan básica de imaginar y de estar juntos en el mundo aún no se ha perdido del todo. Lo constato con la cabaña que mi hijo mediano y su cuadrilla llevan semanas levantando con sus manos. La Estanca, se llama. El nombre lo han sacado, dicen, de un letrero que encontraron por ahí tirado y que han colocado con delicadeza en un lugar destacado. Empezó como nacen las mejores ideas: compartiendo pipas ante un montón de bicis desperdigadas por el suelo.
Y desde entonces, tras buscar el emplazamiento, llevan días creando su hogar. Desbrozan la tierra, crean escalones que bajan al río en el que se bañan, cortan troncos sin sentido y ensamblan palets y chapas regaladas. Hasta aseo tienen: una silla de plástico de bar con un agujero y un cubo debajo. Limpios, los chavales. Cada mañana y cada tarde M. baja a casa del abuelo, su surtidor particular de azadas, hacha, martillo y clavos, y yo finjo escandalizarme. Le digo muy serio que tengan cuidado, que es peligroso, pero por dentro me veo en él, en ellos, y no puedo disimular la sonrisa.