Opinión

"Me ha debido entrar una especie de fiebre extraña que me ha desinhibido por completo, estos calores de julio…"

"Que sí, que, calmada la calentura, como que hubiera reencontrado el oremus… aunque no del todo: los sobrados que van de excelsos me siguen sin entusiasmar"

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Luis Arbea

Publicado el 16/07/2026 a las 16:55

No me atrevía, pero les cuento. Me ha debido entrar una especie de fiebre extraña que me ha desinhibido por completo, estos calores de julio… Pues sí, aunque todavía me avergüenza, les voy a confesar un terrible secreto: no me gustan las personas perfectas ni las demasiado buenas. Incluso me asustan, no me fío de ellas. Algo parecido le debía suceder a Unamuno que se ponía en guardia -eso escribía- cuando se encontraba con alguien que presumía de sensatez y equilibrio. ¿Pero existen estos mirlos blancos? No creo que abunden, aunque haberlos haylos. Seguro que en alguna ocasión hemos topado con esos ejemplares que lo saben y controlan todo, que no se equivocan nunca, que no tienen ninguna debilidad y por no tener -son tan estupendos- que no tienen ni un humilde vicio. Tan intachables que a veces me pregunto si serán humanos. Y qué decir de sus primos hermanos, los super virtuosos, los casi santos (algunos no paran de rezar), esas rara avis que, en palabras de Rabindranath Tagore, se ocupan tanto en hacer el bien que no tienen tiempo de ser sencillamente buenos. Es superior a mis fuerzas, también me descolocan. 

Sí, ya sé que muchos de ustedes estarán pensando que me reconcome la envidia o que sufro algún insidioso trauma de infancia o algo parecido y que como poco debería visitar al psicólogo (posiblemente me iría genial), pero, ya puestos a interpretar, también podríamos suponer que la conducta de esos individuos que siempre hacen lo correcto, que nunca patinan y hacen gala de ello es fruto de un perfeccionismo compensatorio cuando no de un sospechoso afán de superioridad. Una dudosa excelencia que, a mí, un calamidad bien intencionado, me dejan en evidencia. Sin embargo, esta columna no pretende de ninguna manera denostar a estos peculiares personajes, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra; pero, por el contrario, sí trata de hacer visible y reivindicar la excelencia de esas personas sencillas, normalitas, que pasan desapercibidas, que meten la pata… e incluso pecan, pero, sobre todo, buena gente que, en última instancia, son las que nos mantienen la fe y la esperanza en el ser humano. 

Me estoy refiriendo a esas personas que no son perfectas ni mucho menos, que tienen sus defectos (como todo el mundo) pero que con sus gestos de empatía y entrega hacen del yo un nosotros solidario. Personas como usted o como yo, gente normal, que regalan sonrisas y tal vez sin ser conscientes ni pretenderlo, hacen la vida un poco más fácil a los demás. Y para muestra un botón: esas madres, Teresas de Calcuta domésticas, humildes, silenciosas que, sin hacer ruido, entregan su vida a su familia o esos cuidadores (mayormente cuidadoras) de personas ancianas dependientes que acompañan y mitigan su angustiosa soledad; o esos que sin alardes siempre están en disposición de ayuda, y que, benditos imperfectos, nos recuerdan que la vida merece la pena a pesar de tanta estupidez, tanto odio y tanta falsedad que nos rodea. Me quedo con ellos. Pero volviendo a nuestros planteamientos iniciales tengo que reconocer, nobleza obliga, que lo cabalmente gestionado, la corrección y, por supuesto, el altruismo son muy buenas cosas. Que sí, que, calmada la calentura, como que hubiera reencontrado el oremus… aunque no del todo: los sobrados que van de excelsos me siguen sin entusiasmar. Sin embargo, en estos momentos, ya sin delirios, en otro brote de lúcida conciencia y desnuda sinceridad, les voy a confiar otro secreto no menos sonrojante: tampoco me importaría ser un poco como ellos. Ya, un poco esquizofrénico, la eterna ambivalencia humana.

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