Opinión

"Hasta el lenguaje oficial contribuye a disimular la pobreza, al ocultarla bajo los mismos términos creados para asistir a sus víctimas. No se les llama pobres, sino vulnerables, excluidos o personas en situación de calle"

"Combatir la pobreza pasa por hacerla visible, por mostrar sus cifras y sus rostros, por admitir que existe aunque el calendario invite a ocuparse de otras cosas. Esta sí debería ser una prioridad nacional"

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Jose María Romera

Publicado el 03/07/2026 a las 19:16

En mayo Cáritas inauguró su tómbola sanferminera y en junio ha presentado su Memoria Confederal. Son dos ritos anuales que operan en la misma dirección benéfica aunque muestren las caras dispares de la celebración jubilosa y de la alerta social. Dado que la primera ya goza de una sobrada cobertura informativa, echemos una ojeada a la segunda. En la línea del último informe FOESSA, Cáritas ha vuelto a recordar que en uno de cada diez hogares españoles se pasa hambre y que son casi 3 millones de personas las que no disponen de recursos para permitirse una dieta mínimamente saludable. La frontera que separa el bienestar de la pobreza siempre ha sido difusa, pero si a las carencias alimentarias añadimos la falta de un techo bajo el que vivir dignamente y la imposibilidad de acceder a otros bienes y servicios básicos debida a la inflación, bien puede decirse que hablamos de pobres con todas las letras. Hace unos pocos años, un consejero regional madrileño se hizo tristemente famoso por cuestionar desde la tribuna de la Asamblea los datos de otro informe sobre desigualdad social en la comunidad. 

Con gestos de fingido asombro y dirigiendo la mirada al suelo, como quien busca una moneda caída, exclamó "¿Dónde estarán todos esos pobres? Yo no los veo". La aporofobia es la única fobia social que no engendra odio, sino algo tal vez peor: invisibilidad. Desde tiempos remotos, al pobre se le ha escondido para borrarlo del paisaje, como hizo también en Madrid el alcalde Almeida ante la visita del papa León XIV, y como a menudo hacen los propios afectados tratando de esquivar el estigma de su condición. Hasta el lenguaje oficial contribuye a disimular la pobreza, al ocultarla bajo los mismos términos creados para asistir a sus víctimas. No se les llama pobres, sino vulnerables, excluidos o personas en situación de calle. A cambio de evitar el desprecio, se les niega la compasión. Son las paradojas del nuevo proteccionismo, a veces más interesado en cuidar las formas que en aportar soluciones eficaces. Combatir la pobreza pasa por hacerla visible, por mostrar sus cifras y sus rostros, por admitir que existe aunque el calendario invite a ocuparse de otras cosas (reconozcamos que, si se exceptúa la tómbola, los sanfermines muy de pobres no son). Esta sí debería ser una prioridad nacional.

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