Opinión
La historia más difícil de Navarra
"Tuve la suerte, por medio de un libro escrito por María Isabel Ostolaza, de enterarme por fin sobre quiénes y cuántos eran los agramonteses y beamonteses"

Publicado el 02/07/2026 a las 05:00
Es el período que va de 1425 a 1524, que abarca el reino de Blanca-Juan II y de los reyes Foix-Albret, la guerra entre Juan II y su hijo Carlos de Viana, entre agramonteses y beamonteses, y las llamadas “guerras de Navarra”, hasta el segundo perdón del emperador. Un día, leímos y oímos confusamente cosas sobre el Príncipe de Viana; que los agramonteses eran los buenos y los beamonteses los malos; que el paradigma de la traición y de la crueldad era el conde de Lerín, seguido de Fernando el Católico; que los últimos reyes de Navarra eran el colmo de la bondad y de la inteligencia; que la conquista no trajo a esta tierra más que males, en los cuales estaríamos todavía enzarzados… Tuve la suerte, por medio de un libro escrito por María Isabel Ostolaza, de enterarme por fin sobre quiénes y cuántos eran los agramonteses y beamonteses; dónde estaban y por qué; a quién obedecían y sus motivos; cuál era la relación con aragoneses, castellanos y franceses… Y ahora, con esta cuasi enciclopedia, titulada La crisis del Reino de Navarra desde el segundo cuarto del siglo XV: Relaciones MonarquÍa, Nobleza, Ciudades y Villas (1425-1524), me entero de todo mucho mejor. Impone no solo la copiosa bibliografía utilizada, que también, sino sobre todo los innumerables archivos consultados: navarros, nacionales, aragoneses, castellanos, franceses…, además de crónicas castellanas, aragonesas, navarras y del País Vasco; colecciones diplomáticas y recopilaciones documentales…
Dentro del laberinto de conflictos y guerras protagonizados por Juan II de Aragón y de Navarra, sobresale el juicio que hace de él Vicens Vives como astuto político y diplomático, calculador, porfiador, distante con los subordinados e inaccesible a las masas populares. A lo que Ostolaza añade su crueldad para con los hijos de la reina Blanca, a los que negó la herencia legada por su madre, además de amargar la vida a muchos de sus súbditos y de llevar la ruina a reinos y principados que se enfrentaron a sus ambiciones. De su hijo, el Príncipe de Viana, la autora hace suyo el juicio de Lacarra, que le describe como deseoso de paz, tímido y sentimental, con fe absoluta en la justicia de su causa y un elevado sentido de la moral y del deber, pero sin la aguda visión polÍtica de su padre y con un mar de contradicciones. La muerte de Juan II en 1479 no mejoró la situación en Navarra, y agramonteses y beamonteses reforzaron sus posiciones atacándose cuando tenían ocasión, con episodios de bandolerismo feudal, hasta la llegada de los Foix-Albret, que se plegaron a las presiones de tales minorías militarizadas, cometiendo el error de gobernar apoyándose en el sector agramontés, dejando de lado a los beamonteses dominantes en mitad del territorio, sobre todo en Pamplona y en el norte de Navarra.
Tras el estudio de las casas de Foix-Albret, reyes vasallos del rey de Francia por sus territorios franceses, la autora nos describe la entrada de Francia en el escenario navarro. A la hora de tener que elegir entre Francia y España, que se disputaban el tablero europeo, la elección no admitía duda: Navarra era desde los romanos una tierra hispánica, medularmente intrincada en la vida de los otros reinos, y el hombre clave del cambio, aunque fuese por medio de “furto y engaño” iba a ser un hijo del segundo matrimonio del rey de Navarra y Aragón, y casado, además, en segundas nupcias con Germana de Foix. Uno tras otro quedan retratados los personajes de una y otra facción: los Beamont y los Peralta, y sus muchos aliados, leales hasta el sacrificio, pero pérfidos cuando les convenía, jurando a veces obediencia a Juan II o a Fernando el Católico, para, en la primera ocasión favorable, arremeter contra ellos. Siguen los capítulos sobre las cuatro guerras de Navarra, sobre las relaciones internacionales, la política monetaria, Carlos I, los servidores castellanos de Juan II, y los señores de la cuenca del Baztán Bidasoa, de la que Ostolaza es por su origen máxima conocedora. Tras las capitulaciones de Fuenterrabía (1524), los agramonteses, con Pedro de Navarra y de la Cueva a la cabeza, consiguieron el perdón real, recuperaron el patrimonio familiar, y algunos de ellos ocuparon puestos decisivos en la vida civil y eclesiástica. Ninguna de las antiguas instituciones salió del entorno navarro, aunque algunos altos puestos no se adjudicaron a navarros, como, por otra parte, venía ocurriendo en Navarra desde el siglo XIII. Y los cupos de agramonteses y beamonteses no se eliminaron hasta el reinado de Felipe III. El proceso de integración en un Estado moderno más grande y complejo fue una realidad en toda Europa. Con gran éxito de futuro, como podemos comprobarlo hoy.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor