Opinión

"Hace más de una década, en una entrevista con Ángeles Escrivá, Zabarte aseguró que él no había asesinado: había ejecutado a sus víctimas"

"La ausencia de remordimiento es una forma de muerte anticipada. Quien no es capaz de reconocer el mal que ha causado vive amputado de una parte esencial de su humanidad"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 01/07/2026 a las 05:00

El etarra Josu Zabarte, conocido como el Carnicero de Mondragón, ha muerto a los 80 años sin haber expresado públicamente arrepentimiento por los 17 asesinatos que cometió. La ausencia de remordimiento es una forma de muerte anticipada. Quien no es capaz de reconocer el mal que ha causado vive amputado de una parte esencial de su humanidad. Quien se arrepiente, en cambio, encuentra al menos la posibilidad del descanso.

Hace más de una década, en una entrevista con Ángeles Escrivá, Zabarte aseguró que él no había asesinado: había ejecutado a sus víctimas. Y añadió que no se arrepentía. Esa delegación de la voluntad en una supuesta obediencia superior constituye una de las formas más antiguas de huir de la culpa. "Yo solo cumplía órdenes" ha servido demasiadas veces como refugio moral de quienes renuncian a hacerse responsables de sus actos.

No creo que la muerte redima por sí sola. Morir no borra el pasado ni convierte en inocente a quien no lo fue. Todos acabamos ejecutados por el tiempo, que dispara a ciegas sus balas de años, de meses, de días y de horas. Como cantaba Georges Brassens, siempre morimos por nuestras ideas, aunque sea lentamente. Ese final inevitable no admite culpables ni coartadas. No celebro la muerte de Zabarte. No podría hacerlo. La venganza, aunque llegue disfrazada de destino, nunca sacia nada. La justicia pertenece a los hombres; el juicio definitivo, si existe, pertenece a otro ámbito. Quiero pensar —porque la esperanza también forma parte de la condición humana— que en el último tramo de su vida encontró un instante para enfrentarse a la verdad de lo que hizo. Todos tenemos algo de lo que arrepentirnos, aunque no todos carguemos con el peso insoportable de haber arrebatado diecisiete vidas. Mientras hay vida, ninguna historia está completamente escrita y siempre queda un instante para arreglarlo, aunque sea internamente, todo. Ojalá haya aprovechado ese tiempo de descuento. Ojalá haya pedido perdón, aunque nadie lo escuchara. Y, si fue así, ojalá haya encontrado la misericordia que aquí tantas veces negó a sus víctimas. Hoy más que nunca, descanse en paz.

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