Opinión
"Su declive lo hermana con los grandes del jazz. Alcohólico, dilapidó su fortuna en timbas, y tuvo 14 hijos reconocidos"

Publicado el 27/06/2026 a las 20:24
A alguien se le ocurrió el mote mientras jugaba al fútbol en una favela de Río de Janeiro. A Manuel Francisco Do Santos lo apodaron “garrincha” porque recordaba a un avechucho: era patizambo, feo y torpe. Frente al estilismo de peluquería de los futbolistas actuales, Garrincha era chaparro y tenía la pierna izquierda seis centímetros más corta que la derecha, a causa de la poliomielitis que sufrió de niño.
Era fumador desde los 12 años. En una prueba de aptitudes atléticas a la que fue sometido en 1958, antes de acudir al Mundial de Suecia, no alcanzó los 30 puntos sobre 100. Pero como los artistas marciales, aquel lateral derecho corcovado con el número 7 a la espalda, transformó sus carencias en ventajas.
En el campo nadie podía atajar los ángulos inverosímiles que era capaz de ejecutar su anatomía dislocada. Mané Garrincha no jugaba bonito, jugaba divertido. La prensa brasileña lo bautizó como la “alegría do povo”. Sus fintas y amagos chaplinescos, sus carreras para servir un pase de gol a Pelé, Didí o Zapallo eran pura alegría.
Cuando Brasil ganó el campeonato, Garrincha estaba triste: no entendía porqué no podían seguir jugando. Su gran momento llegaría en el Mundial de Chile de 1962. En frente estaba la escuadra inglesa. Brasil perdía 0 a 1 cuando un perro negro saltó al campo. Garrincha lo atrapó y le susurró algo a la oreja. Brasil remontó la eliminatoria con un contundente 4 a 1. El perro de color carbón fue adoptado como mascota del equipo.
Machacado por los tuercebotas rivales, Pelé no pudo jugar la final contra Checoslovaquia. Lo sustituyó Garrincha. Fue nombrado mejor jugador del campeonato tras ganar el mundial. No lo celebró. ¿Por qué habían dejado de jugar? No lo entendía. A decir de sus compañeros, Mané era un ser puro, inocente como un animal perdido. Su declive lo hermana con los grandes del jazz. Alcohólico, dilapidó su fortuna en timbas, y tuvo 14 hijos reconocidos. Poco antes de morir cirrótico, a los 49 años, le preguntó a Pelé: “Oye, Rey, ¿no tendrás unas monedas para prestarme?”. Brasil nunca perdió un partido con ambos en el campo de juego.