Opinión
"Cuando uno se cae por las escaleras y va por el aire lo primero que le pasa por la cabeza es que no le viene bien la visita a urgencias, que es fin de semana"
Hoy toca compartir un pequeño aprendizaje: si el lavavajillas suena de madrugada, no bajen descalzos a oscuras a apagarlo


Publicado el 25/06/2026 a las 05:00
Esta es la historia de un hombre que cayó por la escalera y chocó contra una puerta. Todo un viaje de dieciséis escalones sólo con billete de ida. Para que lo visualicen: son dos tramos de peldaños empinados con curva, donde el número ocho, el más estrecho, hizo las veces de trampolín catapultando al infeliz hasta las fauces de la bajera. Y hubo suerte: el portón estaba cerrado y frenó el batacazo, que si no, aparece en el salón de la vecina. Parte médico: trompazo sin roturas. ¿Buen inicio, no?
La cosa es que cuando uno certifica en el aire que se va a caer con incierto resultado lo primero que pasa por la cabeza es que ahora no te viene bien la visita a urgencias. Que es tarde. De noche. Y fin de semana. Luego, ya en el suelo, rodeado de tu mujer y un hijo con los ojos fuera de las órbitas, comprendes que igual sí que hay que ir al médico, y cruzas los dedos para que todo quede en un doloroso sobresalto. Y se queda.
Pero es aquí donde llega el giro argumental, el plot twist que dicen los modernos, cuando un compañero, al saber la historia, te suelta: “Eso es porque tienes escaleras y vives en una casa. Los jóvenes de ahora no pueden ni soñar con algo así. De eso tienes que escribir”. Y claro. Lo piensas, lo analizas, y concluyes que tiene razón. De hecho, visualizas a ese jovenzuelo con cara de susto que te miraba desde la escalera y comprendes que, en menos de lo que desearías, estará buscando su nido propio. Que querrá volar solo. Y te aterras ante una sociedad donde la vivienda es un bien inaccesible.
Sólo un dato. En mi pueblo acaban de poner a la venta una casa en Idealista, un adosado con casi dos décadas de uso, y los dueños piden por él 395.000 eurazos; cerca del doble de lo que valían esas viviendas cuando se construyeron. Y hay más ejemplos así. Vivimos en un lugar precioso, tranquilo y con las mejores puestas de sol de la Comarca. Sí. Pero su único servicio es el bar del frontón, que ni una tienda hay. Así que, complicado panorama cuando las grúas que construyen son un mito. Como los unicornios.
Por eso me reafirmo en que algo habrá que hacer, empezando por liberar suelo. Y hoy no quiero terminar sin compartir un pequeño aprendizaje: si el lavavajillas suena de madrugada, no bajen descalzos a oscuras a apagarlo.