Opinión

"Me acerqué a la caseta a portagayola, pero lo cierto es que he bajado más animado a algunos quirófanos que a la caseta de la editorial"

"Se acercó una mujer y me preguntó si sabía quién era. Con gesto resignado dije que no, ni idea"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 21/06/2026 a las 05:00

Los viejos del lugar ya sabemos que la Feria del Libro de Madrid te pone en tu sitio. Salvo que movilices a tus amigos más fieles, y ellos estén dispuestos a atravesar el desierto mauritano pero pobladísimo de El Retiro, te va a tocar poner cara de cartel. Resultaría menos comprometido invitarlos a una boda en Sevilla a mil euros el comensal y 45 grados a la sombra. Me acerqué a la caseta a portagayola, pero lo cierto es que he bajado más animado a algunos quirófanos que a la caseta de la editorial. Hemos pasado muchas ferias haciendo labores de librero improvisado y, aunque en alguna rara ocasión he ejercitado la muñeca para firmar 30 o 40 ejemplares, mis expectativas eran las habituales: pasar la tarde, charlar con algún colega escritor y tomar una cañas. 

Recuerdo haber visto hace años a Luis Goytisolo mantener una quietud de iguana solitaria, mientras en la caseta de al lado un guarda jurado debía mantener la fila de lectores fervorosos de un Premio Planeta. Si quieres colas de lectores, hazte youtuber, chaval. Como mis expectativas eran escasas, me dediqué a pegar la hebra con un editor que lucía pajarita y melena blanca. Hablamos de Mile Davis. En tanto, mi perro mostraba gran interés por morderle los tobillos. Así las cosas, a lo tonto llegaron algunos lectores. Ya podía contarlos con una mano, así que podía dar la tarde por cumplida. 

Entonces se acercó una mujer y me preguntó si sabía quién era. Con gesto resignado dije que no, ni idea. “Me diste clase de literatura hace más de treinta años en la Complutense.” Abrí mucho los ojos. Añadió que le había suspendido. Rayos, pensé, esta viene a vengarse. Pero explicó que me leía, que le gustaban mis libros. Me tendió el último y le escribí una dedicatoria que añadía un sobresaliente con efecto retroactivo. Mi satisfacción ya no cabía en la caseta. Para culminar la tarde, se acercaron dos amigos incombustibles y con ellos me fui, sin tocar el suelo, a tomar algo a la salud de mis seis lectores.

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