Opinión
El futuro nos desafía en las escuelas (otra vez)
"Para los profesores el reto es cómo enseñar y cómo evaluar, para los estudiantes el peligro está en su cerebro y en su comportamiento"

Publicado el 18/06/2026 a las 05:00
He aquí una fuerza enorme e incalculable, cuyo potencial para el bien o para el mal es todavía un asunto de pura conjetura. ¿Se trata del comienzo de una nueva era de libertad, prosperidad y enriquecimiento cultural, o de la primera fase de una desastrosa caída en la anarquía y la decadencia? Nadie lo sabe con certeza...”. Cuando lees esto, es fácil pensar en la Inteligencia Artificial (IA) generativa. Pero estas palabras las escribió un historiador a principios del siglo XIX, que miraba con una mezcla de fascinación y miedo la llegada del ferrocarril. En 1999, el filósofo Gordon Graham usó esta frase para mostrar que, cuando algo nuevo aparece, siempre nos da la misma sensación de vértigo. Yo mismo la usé en 2007 en mi libro “Ética e Internet”. Hoy, con la llegada de la IA, el futuro nos pone a prueba de nuevo. Y este cambio tan grande también afecta a nuestras escuelas y universidades.
La gente siempre se ha resistido a las “herramientas nuevas”. A finales del siglo XVIII surgió la historia de Ned Ludd, un joven tejedor que, se dice, rompió dos telares mecánicos por pura rabia. Años después, miles de trabajadores en Gran Bretaña adoptaron su nombre y se dedicaron a sabotear las fábricas que les quitaban el trabajo. Hoy vemos cómo aparecen los “neoluditas” de la educación, que quieren prohibir del todo las pantallas y los algoritmos en las aulas. Es como intentar ponerle puertas al campo. Hace poco, en el diario ABC, el jefe de psiquiatría del hospital Infanta Leonor explicó bien este cambio tan grande: “En su primera encíclica, el Papa León XIV pide que le demos la importancia que se merece a la inteligencia artificial, que se está convirtiendo en el nuevo motor de la sociedad. Algunos piensan que es un cambio tan grande como la máquina de vapor, la electricidad o Internet, pero con una diferencia muy importante: esta revolución no solo cambia cómo se hacen las cosas, también cambia nuestra capacidad de crear conocimiento, y lo hace a una velocidad que nunca habíamos visto antes”.
Aquí está el verdadero desafío para la educación. Internet hizo que todos pudieran acceder a la información y obligó a los profesores a dejar de ser solo quienes daban datos, para pasar a ser guías. Pero la IA va más allá: no te da solo los datos para que hagas el trabajo; te da el ensayo ya escrito, el problema de química resuelto o el análisis de un texto en diez segundos. Esta situación nos obliga a replantear el sistema de evaluación de siempre. Las tareas de casa ya no sirven para saber si los alumnos han aprendido de verdad. El desafío del profesor ya no es ser un “policía digital” que busca las huellas del algoritmo con programas antiplagio que fallan. El verdadero reto es cambiar a una forma de enseñar que se fije en el proceso. Cada vez importa menos el texto final y mucho más que el alumno sepa defenderlo hablando, debatir en clase, argumentar y mostrar que piensa por sí mismo. El aula tiene que volver a ser ese lugar ideal para el debate, donde el conocimiento se crea hablando cara a cara. Pero si para los profesores el reto es cómo enseñar y cómo evaluar, para los estudiantes el peligro está en su cerebro y en su comportamiento. La niñez y la adolescencia son etapas clave para el desarrollo neurológico y de las funciones ejecutivas. El primer gran peligro es que dejen de esforzarse al pensar.
El cerebro es como un músculo que se hace más fuerte cuando se “pelea” con un problema y busca cómo resolverlo. Si siempre encuentra una salida fácil, esta generación se acostumbrará a rendirse enseguida ante cualquier problema que una pantalla no solucione. El segundo riesgo es que su forma de pensar dependa de algo externo. Cuando un alumno deja que una máquina haga siempre sus textos, su creatividad o el resumen de lo que lee, está dejando que un algoritmo haga que su mente piense igual que los demás. El verdadero peligro no es que las máquinas piensen como personas, sino que los alumnos terminen pensando de forma predecible, común y guiada, como lo hacen las máquinas. La escuela, otra vez, no puede responder con el radicalismo de la prohibición absoluta ni tampoco rendirse sin más, pensando que usar lo digital sin criterio es la verdadera excelencia. La IA es una herramienta increíble, pero no puede inspirar, sentir lo que otros sienten o consolar. Ninguna pantalla puede reemplazar la mirada de un profesor. El éxito de nuestra educación no se verá por lo “inteligentes” que sean nuestras herramientas, sino por lo libres, críticos y profundamente humanos que sean nuestros estudiantes.
Fernando García Fernández. Profesor, conferenciante y escritor.