Opinión
La cooperativa: respuesta de León XIV a estos tiempos de cambio

Publicado el 17/06/2026 a las 05:00
Hay momentos en la historia en los que el mundo cambia tan deprisa que las certezas dejan de servir como brújula. Vivimos uno de esos momentos. La inteligencia artificial está transformando la forma de trabajar, de producir y de relacionarnos. Las cadenas de suministro se reorganizan. Las grandes potencias compiten por imponer sus intereses y sus estándares. Europa busca su lugar en un tablero internacional cada vez más complejo. Y las empresas, como las personas, se enfrentan a una pregunta inevitable: ¿cómo adaptarse sin perder aquello que las hace valiosas? Curiosamente, no es la primera vez que nos enfrentamos a una transformación de esta magnitud. En 1891, en plena Revolución Industrial, cuando las máquinas alteraban la economía y la vida de millones de personas, el papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum. Fue un texto valiente porque se atrevió a hacer algo que entonces no era habitual: poner a la persona y al trabajo en el centro del debate económico. Han pasado 135 años y otro León, el XIV, ha vuelto a tomar la palabra. Esta vez no ante las máquinas de vapor, sino ante la inteligencia artificial, los algoritmos y los datos. Y, sin embargo, el mensaje de fondo resulta sorprendentemente familiar: la economía debe estar al servicio de las personas y no al revés.
Hay un detalle especialmente significativo. La nueva encíclica no mira al pasado con nostalgia. No propone conservar un mundo que desaparece. Habla de construir el que viene. Y entre las respuestas que señala aparecen de forma explícita los modelos cooperativos y participativos de propiedad. Por eso merece la pena detenerse un instante en una palabra que, a menudo, damos por descontada: cooperar.
Cooperar no significa renunciar a la competitividad. Tampoco implica conformarse con lo que ya existe. Cooperar significa entender que el progreso económico puede construirse desde la participación, la corresponsabilidad y el compromiso compartido.
Durante demasiado tiempo se nos ha hecho creer que solo existen dos formas de organizar la economía. Por un lado, el capitalismo de plataforma, donde el poder y los datos se concentran en muy pocas manos. Por otro, el capitalismo de Estado, donde la capacidad de decisión se desplaza hacia las estructuras públicas. Son modelos poderosos, sin duda. Pero en ambos la persona que trabaja rara vez participa en las decisiones que afectan a su futuro.
Sin embargo, existe una tercera vía. Una vía donde quienes trabajan también deciden. Donde las empresas mantienen raíces en el territorio. Donde el beneficio económico convive con el compromiso social. Donde la competitividad y la participación no son conceptos enfrentados, sino complementarios. Esa vía no es una teoría. Existe desde hace más de un siglo. Y, además, funciona.
En Navarra lo sabemos bien. La economía social representa aproximadamente el 20 % del PIB regional y el 14,6 % del empleo privado. Cada año nacen nuevas cooperativas. Miles de jóvenes descubren que emprender también puede significar cooperar. Y, quizás lo más importante, más de un centenar de empresas que parecían condenadas al cierre encontraron una segunda oportunidad al transformarse en cooperativas o sociedades laborales. Gracias a ello se salvaron más de 4.000 empleos directos. El 97 % de aquellas empresas siguen hoy en activo. Detrás de esas cifras no hay estadísticas. Hay familias que pudieron quedarse. Hay pueblos que mantuvieron actividad económica. Hay conocimiento que no se perdió. Hay futuro. Por eso resulta tan importante desmontar una idea equivocada: la de que el cooperativismo pertenece al pasado.
La cooperación no es una reliquia. Es una herramienta para afrontar la incertidumbre. En un mundo que cambia a gran velocidad, las organizaciones que prosperarán no serán necesariamente las más grandes ni las más poderosas. Serán las que mejor sepan adaptarse sin renunciar a su identidad. La verdadera cuestión no es si debemos elegir entre tecnología y personas. La pregunta correcta es cómo conseguimos que la tecnología sirva a las personas. No es si debemos aceptar la inteligencia artificial. Debemos hacerlo. La cuestión es quién la controla, quién se beneficia de ella y quién participa en las decisiones que marcarán su desarrollo.
También ahí el cooperativismo tiene algo que aportar. Necesitamos cooperativas capaces de liderar la transformación digital y no simplemente de sufrirla. Necesitamos que puedan acceder a las herramientas tecnológicas más avanzadas. Necesitamos que los datos y la inteligencia artificial no sean patrimonio exclusivo de unos pocos. Necesitamos, en definitiva, que la innovación también pueda ser cooperativa. Europa busca hoy modelos de crecimiento más humanos, resilientes y participativos. Los busca porque sabe que los desafíos que tenemos delante no se resolverán únicamente con más tamaño, más capital o más tecnología. Necesitarán también confianza, compromiso y arraigo. La buena noticia es que no partimos de cero. La empresa que necesitamos ya existe. Tiene historia, tiene resultados y tiene futuro. Se llama cooperativa. Y en un mundo cada vez más fragmentado, acelerado e incierto, no solo sigue siendo una opción válida. Empieza a convertirse en una necesidad.
Ignacio Ugalde. Presidente de ANEL y Director de RRHH de Tafalla Iron Foundry