Opinión
El "Superlópez" vasco ilustre que dejó una profunda huella en Navarra
Ignacio López de Arriortua fue un hombre que rompió moldes a escala internacional

Publicado el 16/06/2026 a las 10:27
Para que los mortales nos hagamos una idea de quién fue Ignacio López de Arriortua, basta señalar que una sola declaración de este vasco podía hacer subir o bajar la cotización de grandes imperios automovilísticos en las bolsas de todo el mundo.
Aquel vasco universal alcanzó la cima de la industria mundial del automóvil y dejó una huella difícil de borrar en General Motors, Volkswagen y, sobre todo, en la forma de entender la gestión industrial. Demostró que muchas de las cosas que parecían inamovibles podían hacerse de otra manera.
Durante los años noventa fue considerado una figura casi legendaria. Su capacidad para transformar organizaciones, renegociar las relaciones con proveedores y reorganizar fábricas cambió las reglas del juego en todo el sector. Navarra y Zaragoza fueron, en gran medida, los laboratorios donde desarrolló una metodología que acabaría exportando al mundo entero.
Yo era un niño cuando lo conocí. Todos los veranos acudía a jugar a la finca familiar donde vivían dos hermanos. Después de la playa, pasábamos allí gran parte del día. He de reconocer que, probablemente para desgracia suya, porque a José Ignacio, lo que le gustaba, era trabajar, más que tener una pandilla de críos revoloteando cerca. Pero nosotros habíamos conquistado a las verdaderas autoridades del lugar: las mujeres de ambas familias, personas extraordinariamente cariñosas. Así que ni Arriortua ni Cirilo —un capitán de barco curtido en mil batallas por todos los mares del mundo— ni su equipo de escoltas (a los que abrasábamos y al menor descuido, teníamos la intención de robarles la pistola, valor no nos faltaba, malas ideas tampoco…), tenían mucho margen de maniobra.
Construíamos cabañas en los árboles, fabricábamos arcos, peleas ilegales en el cañaveral, organizábamos aventuras imposibles y acumulábamos historias que hoy resultarían difíciles de confesar. Mientras tanto, observábamos con fascinación a aquel personaje del que hablaban los periódicos de medio mundo.
Nos divertía comparar lo que leíamos sobre él con lo que veíamos en la intimidad de su hogar: sus ideas disruptivas, su actividad inagotable y esa manera tan particular de afrontar cualquier reto.
Lo admirábamos. Para unos chavales que iban en bicicleta a clase, descubrir que aquel vecino viajaba en su jet privado era la máxima expresión del éxito imaginable.
Por su casa pasaban directivos de todo el mundo, especialmente alemanes, que acudían para compartir una comida, una reunión o simplemente unas horas de conversación con él. Y nosotros observábamos discretamente desde un rincón, como si formáramos parte del paisaje. Nos fijábamos en cómo vestían, qué coches conducían, sus parejas, chóferes y escoltas, cómo trataban a los demás y cómo se comportaban. Sin saberlo, también estábamos aprendiendo.
Recuerdo igualmente la lealtad de su equipo. Muchos de sus colaboradores lo seguían allí donde fuera, incluso cuando cambiaba de empresa. En torno a Arriortua existía algo más que una relación profesional: había una convicción compartida.
Uno de sus libros fue el primer libro de empresa que leí en mi vida. Hasta entonces solo había leído novelas de aventuras propias de mi edad. Entre sus muchas ideas, defendía la conocida como “dieta del guerrero”, convencido de que el rendimiento profesional exigía también disciplina física. Todavía recuerdo cuando nos entregó una fotocopia con sus recomendaciones. Sospecho que su objetivo era tan noble como práctico: conseguir que desapareciéramos un rato de su vista. Si algún día encuentro aquel papel, prometo enmarcarlo y colocarlo en la Consejería de Industria.
Había una frase que repetía con frecuencia y que sigo aplicando hoy en mi trabajo: “Muchos pocos hacen un mucho”. Le servía para explicar casi cualquier situación, y quizá ahí residía parte de su grandeza: en comprender que las grandes transformaciones suelen construirse a partir de pequeños avances constantes organizados de forma cumulativa.
Pero, es que José Ignacio pensaba siempre en grande. Había conseguido desprenderse de muchas de las limitaciones mentales que la mayoría arrastramos durante toda la vida. Veía oportunidades de mejora donde otros solo veían obstáculos.
Y, mientras tanto, nuestra infancia seguía transcurriendo entre helados caseros de limón de las auténticas dueñas del lugar (todavía conservo su receta), fascinantes historias de navegación contadas por Cirilo y aventuras interminables en aquella finca donde creíamos que todo era posible.
Hasta que un día quemamos el gallinero… Que una mala mañana la tiene cualquiera… Menos mal que el mayor responsable (nos convino a todos creerlo así) fue su sobrino y ahijado… que a los demás no nos hubiese lavado ni el agua del Jordán.
Más allá de las anécdotas, Arriortua fue un hombre que rompió moldes a escala internacional. Un visionario que incluso estuvo a punto de lograr que una gran multinacional implantara una mega fábrica de coches en el municipio donde nació, bajo la simple argumentación de que, era un digno homenaje a su Aita y que si no lo hacían, se cambiaba a la competencia y punto pelota. A veces no hace falta más!
Genio y figura. Agur, Superlópez. Goian bego.
Iñigo Arruti. Director general de Fomento Empresarial e Infraestructuras del Gobierno de Navarra