Opinión
"El discurso papal lo merecía, desde luego, porque además de exponer ideas, el pontífice dio un repaso en toda regla a los vicios comunes de la clase política"
"Si el sermón contentó a diputados y senadores fue porque todos se fijaron en los reproches a su rival y ninguno se dio por aludido en las críticas que señalaban a los suyos"

Publicado el 13/06/2026 a las 05:00
Aplaudieron a rabiar al papa León XIV los padres de la patria con esa complicidad que se guardan los cabezas de familia, si bien esta vez las paternidades fueran metafóricas. Siete minutos duró aquello, lo cual constituye una plusmarca en la Cámara aunque a los aficionados a la ópera les parecerá un registro mediano. El discurso papal lo merecía, desde luego, porque además de exponer ideas -una novedad retórica para un foro más familiarizado con los improperios- el pontífice dio un repaso en toda regla a los vicios comunes de la clase política. Los vicios de los otros, se entiende. Si el sermón contentó a diputados y senadores fue porque todos se fijaron en los reproches a su rival y ninguno se dio por aludido en las críticas que señalaban a los suyos. También lograr esto es una cualidad de los oradores hábiles como Prevost. Pero no importa, pues a lo que habían ido esa mañana sus señorías no era a escuchar, sino a aplaudir. Por cumplir como buenos anfitriones, por estar a la altura del momento histórico, por olfato sociocultural, por respeto reverencial a las sotanas, por ganar puntos para los cielos, o simplemente por si acaso, la cuestión es que aplaudieron y la sesión quedó redonda como pocas veces ha sucedido en el Congreso.
La clave protocolaria para las ovaciones es no ser nunca el primero en parar. Por eso los aplausómetros a veces engañan, pues basta con un despistado para que decaiga el entusiasmo y el ruido cese. Y, al revés, muchos éxitos de escena legendarios se debieron únicamente a que el público al completo asistió al acto con las pilas cargadas. Nada de esto quita valor a la prédica del papa, no tan brillante intelectualmente como su ‘Magnifica Humanitas’ pero lo bastante sólida para volver a oírla con calma, lejos de la hipnótica fascinación de unos días de visita transcurridos entre la devoción y el espectáculo. Quedarán en nuestra memoria esos siete minutos mágicos en los que el Congreso entró en trance, como si hubiera atravesado una franja temporal de irrealidad conciliadora donde sucedieron cosas nunca vistas ni oídas. Esto ocurría un lunes. El miércoles, en el mismo hemiciclo, los diputados quisieron demostrar que habían recibido el mensaje papal y volvieron a enzarzarse en la bronca de un modo furibundo, selvático, prometedor.