Opinión
Carlos Herrera: la voz, la palabra dicha
"Herrera ha sido también víctima de ETA, del terrorismo, y ni antes ni después del intento de asesinato consiguieron callar esa voz que ha llegado hasta nuestros días"

Publicado el 09/06/2026 a las 05:00
Ser el número uno de la radio de manera consolidada años y años, en un país como España, donde se hace tan buena radio, y compitiendo con un plantel extraordinario de grandes comunicadores en diversas emisoras, no es que sea difícil, es que es un hito cargado de significación y que dice mucho de Carlos Herrera. Y para los que ya hemos gastado dos tercios de nuestro tiempo en esta tierra, sólo podemos emparejarlo con Luis del Olmo, tanto por su duración sostenida como por un estilo y modelo radiofónico reconocible, pegado al aire de la calle, al asiento de atrás de los taxis, al cortado tomado deprisa y corriendo y a los olores de cocina en los patios de vecindad. Herrera tiene varios millones de oyentes que le siguen allá donde va como faro madrugador, pero él sabe que además no pocos de ellos lo tienen incorporado íntimamente a su vida particular o familiar, y lo llevan como parte de sus biografías. Uno mismo recuerda con nitidez cuando se hizo deudor de esa voz en su primera época en Cope hace más de treinta años (“son las diez y Antonio Herrero”) y cómo la reencontramos en la gracia de Málaga, y luego ya la seguimos indefinidamente, atrapados en ese formidable malabarismo que maneja como nadie, para ir y volver de la información al entretenimiento con una desenvoltura suave y despierta, sin estridencias, porque sólo los grandes saben hacernos fácil lo que en realidad es muy difícil.
Esa voz de Carlos Herrera tiene cincuenta años de carreteras y es una voz inconfundible para cualquiera, pero es que hace mucho que ya no es una voz, sino una palabra. La palabra dicha y creída. Eso, que en otro sería privilegio, en Herrera es una carga que lleva con la misma naturalidad que el micrófono; sin aspavientos, es la marca de un gran resistente. En el doble sentido, de los oyentes que siguen eligiéndole, y de él, que no se cansa, y si se cansa sabe reponerse. Hace justo un año tuve la fortuna de recibir el premio de periodismo de la Fundación Diario de Navarra, que recuerda a José Javier Uranga, mítico director del periódico. Ahora me doy cuenta que no fue un honor, sino tres honores distintos. El primero, por supuesto, ser elegido por el jurado, para unir mi nombre al de un periodista mítico y heroico, víctima de ETA, como bien conocen todos los navarros. El segundo, que además fui designado en la edición siguiente a la de José Antonio Zarzalejos, que inauguró el premio y fue director de ABC como yo lo soy ahora, y que aparte de compartir trayectorias coincidentes en la prensa regional de Vocento, permanece como una referencia ética, juiciosa y penetrante desde su cargo y sus artículos en El Confidencial.
El tercer honor es que tras verme unido por delante con Uranga y Zarzalejos, a continuación llega Carlos Herrera, con el que colaboro cada semana en su programa y que además es una de las firmas destacadas de ABC y forma parte del estrellato de los premios Cavia. Herrera ha sido también víctima de ETA, del terrorismo, y ni antes ni después del intento de asesinato consiguieron callar esa voz que ha llegado hasta nuestros días. En el año 2000, mientras presentaba su programa en Radio Nacional de España desde Sevilla, recibió en su lugar de trabajo un paquete por correo postal que resultó ser un artefacto explosivo. Salió ileso por azar. Y siguió adelante. No hizo bandera de ello, ni lo usó como capital simbólico, ni organizó su identidad pública en torno a la condición de víctima. Lo convirtió en lo que él mismo llamó años después “uno de esos contratiempos que hacen grandes los lazos indisolubles con la profesión de contar las cosas de cada día”. Esa frase, tan suya en la forma -la ironía que no oculta sino que revela-, contiene una estimable filosofía del oficio y de la condición humana. Como José Javier Uranga, que volvió al periódico a continuar con su tarea cotidiana después de pasar casi un año en el hospital tras recibir veinte disparos de dos etarras, que milagrosamente no acabaron con su vida. Zarzalejos, por cierto, también conoció esos peligros y fue perseguido por los terroristas desde antes de dirigir El Correo de Bilbao.
Estas tragedias y otras aún más amargas forman parte de la historia del periodismo español, una historia de todos los españoles que algunos desde el poder pretenden ahora que olvidemos; es una historia de resistencia sin épica, construida día a día, página a página y programa a programa, con el único propósito de seguir adelante, porque esa es nuestra obligación. Y se puede llevar con templanza, sin aspavientos, con buena cara, porque la vida merece ser celebrada cada mañana y por eso Carlos siempre que ve encenderse la luz roja del estudio, nos saluda cortés y algo travieso con su inconfundible “señoras, señores, me alegro, buenos días”. Y que así sea por muchos años.
Julián Quirós Monago, Director de ABC y Premio José Javier Uranga 2025.