Opinión

"Tener dos días a todas horas un rock desatado a pocos metros es como sufrir un olor continuo o un humo denso o estar en una celda, una muestra de desprecio, de falta de tacto y cuidado"

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Pedro Charro

Publicado el 07/06/2026 a las 16:00

Me desperté  sobresaltado y allí afuera seguía la música -es un decir- sonando sin recato, el cristal vibraba con el estampido furioso de los altavoces y con los gritos de un cantante que parecía haber sido sometido a tortura, aunque la tortura, en realidad, era la que sufríamos los desvelados por la fiesta del rock en la Ciudadela, quienes, como en el verso, debemos dejar toda esperanza, y tratar de dormir con un bombo sonando en la habitación,  y si no estas contento es mejor que te calles y si te molesta el estruendo y  los chillidos te fastidias, pues decir algo es pasar por aguafiestas, no querer que la gente se divierta, ser un acomplejado, lo peor del mundo.  

El ruido manda, no hay conciencia de que es un mal  que nos altera y nos mata, que nos hace vivir aturdidos, sin serenidad y silencio, esa flor rara, cercados en todas partes por pitidos, bulla, músicas, obras, sirenas y decibelios.  

La ciudad se degrada paso a paso por esta falta de pudor y de sutileza, ese descuido que la hace zafia y vociferante, que anima a cualquiera  a salir a la calle berreando porque no desentona. Tener dos días  a todas horas un rock desatado a pocos metros es como sufrir un olor continuo o un humo denso o estar en una celda, una muestra de desprecio, de falta de tacto y cuidado. 

El ruido es el infierno, y no en vano el infierno de Dante, donde no hay color ni luz, está también lleno de ruido, y cuando el poeta entra con su guía Virgilio en el primer círculo -mas adelantes será  todavía peor- lo que encuentran son llantos, quejas, alaridos, palabras de dolor,  gritos de ira, un tumulto incesante en un lugar oscuro, ensordecido, un maremágnum que se agita,  dice Dante, como los remolinos de arena.  

Es difícil dormir muchos fines de semana de  mayo y junio, como si fuera un anticipo de los  sanfermines  -que ya no son una excepción- para lo que conviene ir acostumbrándose. Hay un ruido de fondo, un fragor en el ambiente que  va ganando la partida. Un ruido con el que todavía  es más difícil entenderse.

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