Opinión

Otra cara de Los Caídos

"De momento resuena a cierto buenismo y doble moral, y poco a un edificio proveedor de felicidad y acercamiento de unos a otros"

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Gabriel Asenjo

Publicado el 02/06/2026 a las 05:00

"Paz, piedad y perdón”. Me refiero a las palabras del mítico discurso de Manuel Azaña, presidente de la República, a los dos años de comenzar la guerra española. En el discurso, considerado como el grito desgarrado de un político por la reconciliación, Azaña invita a aprender “de la extraordinaria lección de los muertos” y, apelando a las generaciones futuras añade: “si vuelven a enfurecerse con la intolerancia, con el odio y con el apetito de autodestrucción, que piensen en los muertos y escuchen su lección” . Lo digo ahora que se debate sobre el Monumento a los Caídos porque, imagino, por desgracia, que tanto los que ordenaron la construcción de un símbolo funerario excluyente, como los actuales políticos en el poder, no han tomado demasiado en consideración las palabras de Azaña de reconciliación. Confieso que de crío sentía prejuicios por el Monumento porque, cuando no se había inaugurado todavía la parroquia de Cristo Rey, los vecinos de la zona utilizaban como parroquia el Monumento y, a más de una criatura, le partían la tarde obligado por abuelas enlutadas a participar en rosarios interminables y letanías en latín. 

Sin embargo, desde la mirada de un niño, algo raro se intuía a finales de los 50 cuando, a la salida de la liturgia, sospechabas que ciertas conversaciones en voz baja se emparentaban con el temor, porque para algunas de aquellas abuelas con mantilla, el general Franco no era un tipo simpático, más bien un traidor para viudas que, ahogadas de dolor, habían visto perder a un marido enrolado como voluntario del carlismo y utilizado, a su juicio, como carne de cañón. Con lo cual te percatabas que una guerra de verdad no coincidía precisamente con esa especie de mural de hazañas bélicas que decora la cúpula. Y que existía demasiada gente buena y demasiado dolor en los dos bandos cuando se muere y se mata tan joven. (Para los que hoy consideran que en el franquismo se vivía mejor habría que recordar que por el paisaje urbano de Pamplona también transitaban niños descalzos y adultos con muletas llamados mutilados de guerra, personas amputadas de alguna de sus extremidades). 

¿Qué hacer con Los Caídos? Sin entrar en el debate de si resultaría más útil a la sociedad dedicar el dinero a sanidad o vivienda social, he oído de todo: trasladar a su interior los restos de los fallecidos en el bando perdedor y escribir sus nombres en las paredes, sala de conciertos, espacio gratuito para las ONG de Navarra, pabellón deportivo, piscina, centro de investigación y laboratorio, facultad universitaria, conservatorio, centro de arte, instituto por la paz, espacio para todas las religiones.., Pero si lo que pretenden las jerarquías políticas en el poder es desactivar su simbolismo, convendría evocar los años 60 y 70, una atmósfera social nueva en Navarra, cuando se empieza a explorar la psicodelia y el rock, en la calle explotan el color y las pintadas, y se extiende el movimiento pacifista del “peace and love“ . Una época poco estudiada cuando en Portugal colocaban claveles en los cañones de los fusiles y en París policía y estudiantes se partían la cara. En aquellos tiempos de oposición a la cultura de pensamiento único, no me parecía mal la propuesta radical de un referente del pop hispano de romper con lo convencional redecorando la cúpula gris del Monumento con amarillo, rosa, azul y rojo que, casualmente, eran los colores que portaban los cuatro Beatles en un icono mundial del arte que fue la portada del Sargeant Pepper’s (1967). Al fin y al cabo, desde el punto de vista de la semiótica, el color es un atajo visual de comunicación. 

Aunque algunos hubiéramos preferido añadir a la cúpula de color funerario el emblema del pacifismo, un gigantesco círculo con tres líneas en su interior, símbolo del desarme y del amor, algo que, antes y hoy, resulta molesto a los promotores del frentismo. Hoy, sin embargo, considerando la Pamplona actual con una arquitectura con pocas referencias de vanguardia, hubiera propuesto como referencia la fantástica cúpula de vidrio de Norman Foster del Reichstag de Berlín, símbolo de la reunificación, por la que los visitantes pueden disfrutar de una experiencia inmersiva caminando por el cristal de la cúpula a la vez que observan tanto la inmensidad del paisaje como el trabajo de los parlamentarios. De todas formas, conociendo la vocación frentista de la política actual, no creo que, a corto plazo, la resignificación de Los Caídos adquiera sentido de concordia ni de progreso, ni de recuerdo de la historia y de los errores cometidos. De momento resuena a cierto buenismo y doble moral, y poco a un edificio proveedor de felicidad y acercamiento de unos a otros. En los escritos de guerra del poeta Miguel Hernández, advierte desde el bando perdedor que no podemos ser víctimas de nuestro rencor. Y tampoco de nuestras propias verdades.

 Gabriel Asenjo, doctor en Ciencias de la Información

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