Opinión

En defensa de las cloacas

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Álvaro Miranda

Publicado el 01/06/2026 a las 05:00

Estoy muy triste. Creo que es lo que tengo que decir en primera persona. Ahora que los más grandes parlamentarios se dirigen así al pueblo. Rufián: “Estoy jodido”, dijo el día antes de que aparecieran las joyas de Sissí emperatriz, pero cuando la UCO ya había hecho públicas las mangancias de ZP. Y Yolanda D: “Esto que estoy viendo no me gusta nada”, al día siguiente de abrirse la caja fuerte de los zafiros; aunque yo, en este caso, interpreté que a Yolanda no le gustaban ese tipo de joyas, modelo oriental, y que le molaban más las de manufactura Cartier o Bulgari. Pues eso, yo estoy muy triste por calificar a toda la tropa dinamitera de lo institucional y constitucional, con el 'One' a la cabeza, como ‘cloacas’. No es justo. Pobres cloacas. 

Antes más, la Asociación de Fontaneros de España ya había puesto el grito en el cielo por calificar a Leire Díez como ‘fontanera’. El gremio de lampistas se revolvió por usar su sufrida profesión como epíteto descalificativo de Leire, en lugar de aplicar otros adjetivos más apropiados: maniobrera, farfullas, tramposa o intrigante de tres al cuarto.

Pues bien, con las ‘cloacas’ está pasando lo mismo. Es el uso espurio del nombre de un sufrido, discreto y olvidado servicio público, pero que en su humildad está a la altura de los más benéficos. Su nombre se está utilizando para descalificar a una colección de mangarranes. Mal hecho. ¿Cómo sería nuestra vida cotidiana sin las cloacas? De los saqueadores se puede prescindir ¡ojalá! Pero de las cloacas, no. Recordemos que fueron nuestros colonizadores romanos los inventores de tan fantástica infraestructura. La Cloaca Máxima de Roma nos interpela, y se avergüenza ante la mangancia institucionalizada y que le pongan su nombre.

Las cloacas han salvado más vidas humanas que la penicilina. Y, por ello, ojo con utilizar su nombre como adjetivo de esta colección de arrebatacapas políticos, con el Jefe a la cabeza. Sin ir más lejos, la ‘mineta’ de Pamplona que discurría por todas las calles del Casco Viejo fue construida admirablemente en el siglo XVIII. Higiénica, visitable, completa. Gracias a la mineta cloaquera, la mortandad en Pamplona cayó en picado. Esta cloaca pamplonesa duró doscientos años, sin un fallo. ¡Qué más querrían estos destripaterrones que estar a la altura de las cloacas!

Ahora las cloacas modernas llevan, en silencio, todos nuestros detritus a lo largo de decenas de kilómetros hacia las depuradoras. En cambio, los detritus que manejan estos conchavados ni siquiera se admitirían en las cloacas contemporáneas, por ser material tóxico de la peor calidad. La Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo acabarán decidiendo qué se hace con tanta mugre. Pero muy posiblemente será destinada a centros especializados en el tratamiento de residuos tóxicos políticos, como Soto del Real y similares. Pero mientas tanto respetemos a las cloacas. No merecen ver su nombre cosido a una banda de forajidos. Personajes sin escrúpulos, habitando despachos al lado del parque del Oeste de Madrid. Quizá por ahí podría venir su calificación, más al estilo Far West: “los bandoleros del Estado”. Es una sugerencia. Y dejar a nuestras cloacas en paz.

Álvaro Miranda Simavilla. Ingeniero de Caminos Miembro senior de la Asociación Española de Abastecimiento y Saneamiento.

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