Opinión

"Uno asiste, entre impávido y escandalizado, a las informaciones, autos, informes y registros"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 30/05/2026 a las 19:00

Leíamos a Arthur Conan Doyle y a su inmortal Sherlock Holmes. Aquella literatura detectivesca se asentaba en el optimismo: el mundo era un enigma que la razón podía resolver. Un crimen sería resuelto como la equis de una ecuación matemática. De ahí la frase apócrifa: “Elemental, querido Watson”. El crimen era una jugada de ajedrez al que una mente privilegiada podía dar jaque mate. 

Agatha Christie siguió el modelo entre tazas de té y pastas. El mundo viajaba en un tren cómodo porque la razón no producía monstruos, sino soluciones. En tanto, al otro lado del océano, sus parientes literarios sacaban el crimen del jarrón chino y lo colocaban en la calle. Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Jim Thompson o Chester Himes nos mostraron que no siempre el bien triunfa, que la razón a veces no alcanza para tranquilizarnos. La novela negra bajaba a los submundos y mostraba una radiografía social y moral de una sociedad en la que nada parecía ser lo que aparentaba. 

En estos días, el género negro está en los medios de comunicación. No parece que por sí sola la razón deductiva nos sirva para entender lo que ocurre mientras desayunamos un café muy cargado. Uno asiste, entre impávido y escandalizado, a las informaciones, autos, informes y registros. No es a una novela de entretenimiento, sino a una narración que pasó del costumbrismo sucio de Ábalos a la novela criminal de James Ellroy: indicios de extorsión, chantajes y cloacas. 

La lista de implicados es tan larga como los cadáveres que pueden contarse en la novela “L.A. Confidential”. Lo que más llama la atención es la negación de los creyentes ideológicos de una realidad jurídica que en los papeles cuenta una historia con distintas tramas, a cual peor que la anterior. Pero esto, ay, no es una ficción. La realidad judicial apunta a unos hechos probables, cuya mera posibilidad de existencia probatoria pone los pelos de punta. A menos que tu ficción ideológica suplante a la realidad.

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