Opinión

"No se puede colocar a los hijos en cualquier parte. Lo sufrí bajo la roca de San Juan de la Peña, una maravilla donde el silencio de monasterio es imprescindible"

Imponer a un niño que trague una visita cultural es una crueldad innecesaria

thumb

Jose Murugarren

Publicado el 25/05/2026 a las 23:36

Qué peligro tienen esos padres que confunden su conciliación con el avasallamiento. Esa manía de algunos de encasquetar a los niños en todos los saraos, plantándolos en mitad de un monumento. No se puede colocar a los hijos en cualquier parte. Lo sufrí bajo la roca de San Juan de la Peña, una maravilla donde el silencio de monasterio es imprescindible para el goce de la arquitectura. 

Entre tumbas de reyes y hermosos capiteles, hay padres que han resuelto que su ocio a machamartillo es un actividad que merece la pena aunque impida a los demás el disfrute. Estábamos veinte turistas con cara de sala de espera de dentista, aguardando a que un angelito decidiera callar. Él había dictaminado que aquel románico no merecía la pena y se dedicaba a ignorar la belleza que el resto intentábamos contemplar, con un llanto que habría acabado con cualquier intento de canto gregoriano si hubiera habido monjes. 

El niño bramaba de puro aburrimiento y ni la madre ni el padre pestañeaban. Permanecían sentados con una indolencia de esfinge como si no fuera con ellos. En San Juan de la Peña, el aire está lleno de una quietud que es patrimonio y derecho del observador y esos padres, lo estaban profanando. 

Me pasó lo mismo en Atapuerca. Buscando al Homo Antecessor, nos topamos con unos adultos que consentían que su criatura aullara con más energía que un mamut con el dedo en un cepo. Millones de años de evolución para terminar asistiendo al triunfo del egoísmo adulto sobre la convivencia. Una regresión protagonizada por progenitores que obligan al resto a no enterarse de nada. Imponer a un niño que trague una visita cultural es una crueldad innecesaria. Existen templos del arte donde el silencio es un requisito indispensable y que un crío, lógicamente, va a sabotear. 

La verdadera herencia es dejar que el menor crezca y regrese cuando quiera, por su propio pie. Que descubra entonces qué demonios había de importante bajo esas piedras cuando tenga la madurez necesaria para mirar. Al final, la obsesión por arrastrarlos a los museos no es pedagogía; es la incapacidad de quedarse en casa respetando el derecho al silencio ajeno y la propia libertad del niño.

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora